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El placer oculto de los objetos

Buenos Aires

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El placer oculto de los objetos | Letra Urbana

El mercado nos ofrece objetos que, a menudo, nos fascinan o nos parecen imprescindibles. También hay objetos que rechazamos. ¿De qué depende una elección? ¿A qué apelan quienes los inventan? Un paralelismo entre la evolución de la humanidad y el desarrollo individual, realizado desde el diseño industrial, nos da la posibilidad de pensar cómo los objetos se relacionan con las creencias de cada momento de la historia.

Vivimos rodeados de objetos que deseamos, gustamos, odiamos o idealizamos. Muchos de estos sentimientos hacia ellos, encuentran su fundamento en etapas ya olvidadas de nuestras vidas. Estas etapas van formando parte de un inconsciente que hace de referente a la hora de “sentir” o elegir dichos objetos, para los que, sin darnos cuenta, vamos condicionándonos desde que nacemos.

Vivimos rodeados de objetos que deseamos, gustamos, odiamos o idealizamos. Muchos de estos sentimientos hacia ellos, encuentran su fundamento en etapas ya olvidadas de nuestras vidas.

Cuando somos adultos, muchas de las cosas que nos resultan placenteras, no surgen de un placer racional, sino que actuamos ó las seleccionamos condicionados, queriendo repetir o recrear, aquellas situaciones o estímulos que nos fueron formando y nos dieron placer en aquellas etapas primordiales, estableciéndose de esta manera un mecanismo de goce regresionista. Muchas veces, los objetos funcionan como espejos que permiten revivir placeres muy remotos ya vividos.

Quienes diseñan y comercializan objetos, conciente o inconscientemente, a menudo se valen de estas “motivaciones condicionantes” para concebir y producir dichos objetos. Estas motivaciones surgen de la naturaleza propia del ser humano y también de la cultura, lugar donde se plasman y se contextualizan.

Etapas de la evolución: Niño y Humanidad
Tanto en la evolución de la humanidad, como en el desarrollo individual del niño, se pueden observar etapas similares.

Podemos tomar el ejemplo del animismo, el cual consiste en dar “ánima” o vida a los objetos. De este modo es común observar que los niños le hablen a su almohada, le pongan nombre a un muñeco y le den de comer como si fuera un ser viviente y una realidad.

El hombre, en los comienzos de la humanidad, explicaba algunos sucesos a través de ciertos objetos, poseía así, objetos sagrados, daba ceremonias y dialogaba con ellos.

Muchos de los objetos actuales concebidos y consumidos por individuos maduros -ya alejados, temporal y madurativamente, de su niñez- aluden a esas etapas, de las que quedaron algunas marcas, a las que se regresa en búsqueda de ese placer perdido.

Un buen ejemplo de la explotación de este mecanismo, fue el Tamagoshi o mascota virtual. Consistía en un objeto electrónico que simulaba tener vida, con el agregado de cierta dependencia de su dueño o amo.

El usuario tiene acceso al saber, a la ciencia. Quien utilice dicho producto sabrá y podrá controlar las causas y los efectos que produzca.

Luego del animismo, tanto en la niñez como en otra de las etapas del desarrollo de la humanidad, deviene el pensamiento mágico. Una definición básica de magia puede ser: la percepción de un efecto, desconociendo su causa. En los niños, este tipo de pensamiento se observa tan frecuentemente como en la historia de la humanidad. El recurso a la brujería, exposición de podes o el uso de los talismanes, etc., son ejemplos de ello.

Muchos de los productos que están en el de mercado utilizan este mecanismo como motivación para su compra. Una muestra de estos objetos “mágicos” pueden ser aquellos cuyos efectos provocan asombro, siendo que: la causa que genera ese efecto no está expuesta. Podemos ver ejemplos de ellos en los objetos con imanes que aluden a la levitación, los controles remotos que permiten el manejo de las cosas sin tener contacto con ellas, etc.

A continuación de la etapa mágica, surge la etapa religiosa, donde dios ó un ser del “más allá” es colocado en el lugar de la causa de todos los sucesos que interesan: el origen, las desgracias, los castigos, los milagros, etc.

Seguimos la línea evolutiva -tanto del niño como del hombre- y ubicamos luego la etapa cientificista. E l niño se encuentra entonces ingresando al sistema escolar y es éste el momento en que comienza a encontrar la causa de los efectos que fue aprendiendo. Estas causas van dejando de lado el pensamiento animista y mágico.

Lo mismo ocurre en la evolución de la humanidad, el cientificismo puede situarse con el surgimiento de las teorías, precisamente, cientificistas: Copérnico, la medicina, la relatividad, etc. El hombre, comienza a explicar muchos de los fenómenos que lo rodean, a partir de la ciencia -los mismos fenómenos que antes atribuía a sus dioses.

Justificamos la adquisición de los objetos a través de su uso, su funcionalidad ó con un espontáneo: “me gusta”, sin reparar siquiera, que ellos reflejan mucho de nuestro pasado más remoto, de nuestros gustos más primitivos.

Este pensamiento se ve plasmado en aquellos productos de mercado que dan información al usuario acerca de las causas. Aparatos de audio que poseen medidores y controladores de sus funciones, a veces en exceso, productos que logran la complicidad del usuario en el mecanismo o armado ó, productos que, a menudo, son los mismos que los utilizados por los profesionales. El usuario tiene acceso al saber, a la ciencia. Quien utilice dicho producto sabrá y podrá controlar las causas y los efectos que produzca.

Hay objetos que suelen presentar formas orgánicas, pueden ser mullidos, cálidos y cómodos, en algún sentido, figuran características que inducen a pensar, “en volver a los brazos de quien nos crió”,es decir, reproducen algunas de las situaciones, condiciones y percepciones, que manteníamos en ese vínculo inicial de nuestras vidas y, por qué no, quizás de nuestra propia gestación.

Muchas veces, justificamos la adquisición de los objetos a través de su uso, su funcionalidad ó con un espontáneo: “me gusta”, sin reparar siquiera, que ellos reflejan mucho de nuestro pasado más remoto, de nuestros gustos más primitivos. De esta manera, los objetos son el vehículo de un legado cultural complejo y diverso, articulado por factores, en su gran mayoría inconscientes, tanto individuales como y colectivos.

Artículo por:

Alejandro Katkownik

 

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