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“El deber decir” De las utopías a las objeciones.

Contradicciones y paradojas psico-terapéuticas hoy
Buenos Aires

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“El deber decir” De las utopías a las objeciones. | Letra Urbana

En un mundo caracterizado por la instantaneidad y la cualidad de lo efímero, donde al parecer se impone la ambición de alcanzar una anestesia del sentir, se vuelve imprescindible replantear los paradigmas clásicos del Psicoanálisis. Una reflexión sobre el papel del psicoanalista contemporáneo subraya el compromiso y responsabilidad de señalar e interpretar en los pacientes, aquello que ellos mismos insisten en desmentir.

Atravesamos hoy unos tiempos de  obscenidad  y pornografía de las imágenes, en tanto son lo absolutamente visible, y que irreductiblemente conducen a la indiferencia, al aburrimiento y hasta el rechazo del principio de realidad (Freud, S., 1915).

En tiempos de Freud era posible anticipar el mundo que se aspiraba construir; pero en nuestra actualidad, signada por la instantaneidad que anula el imprescindible tiempo de espera y de consecución de objetivos y proyectos, parecería que sólo alcanza con disponer de una inteligencia operatoria. Cuestión que nos conduce, ineludiblemente, a considerar que una cosa es la pretensión tan humana de anticipar el futuro y, otra muy diferente, es cabalgar lo imprevisible sin aprendizaje.

Al haberse producido la disolución de la concepción modernista de un yo centrado y auto determinado, sin haberse alcanzado afortunadamente el colapso de la subjetividad, resulta sí observable una dramática intensificación libidinal de cada quien pero ahora vaciada de profundidad, y una pseudo exaltación de las aparentes alegrías del olvido, una intensa y extendida adicción a la despreocupación y una tendencia extrema por el placer de la inmediatez.

La hiper-aceleración del tiempo, la instantaneidad, la cualidad de lo efímero, la entronización de un ya arcaico totem-dinero y la cultura de la idolización de la imagen son algunas de las características contemporáneas que van revelando su propia obscenidad y la ambición de alcanzar la anestesia del sentir (afecto). Por ello, las más diversas sustancias químicas, las drogas de diseño, las denominadas duras, junto al hiper-consumo de alcohol, legitimado y naturalizado a través de una hiper-publicidad y una extensa variedad de estímulos perceptuales (auditivos, visuales, táctiles) que exceden cualquier posibilidad de tramitación psíquica, contribuyen a instalar esa sensación/sentimiento de anestesia del sentir. Y, por ello, resulta imprescindible no omitir la referencia correspondiente al consumo de los medicamentos legitimados por orden médica y a la multiplicidad de investigaciones científicas, que intentando estar al servicio de una supuesta eficacia terapéutica resultan, muchas veces, encubridoras de unos globalizados intereses mercantilistas.

Atravesamos hoy unos tiempos de obscenidad y pornografía de las imágenes, en tanto son lo absolutamente visible, y que irreductiblemente conducen a la indiferencia, al aburrimiento y hasta el rechazo del principio de realidad (Freud, S., 1915). Espectáculo continuado que deviene instantaneidad del olvido y termina siempre arrojándonos hacia una profunda sensación/sentimiento de intemperie/desamparo, hacia una impresión de ajenidad, hacia una tierra extraña a pesar de sabernos en casa. Algo del orden de lo siniestro (Freud, S., 1919) que nos empuja hacia una frontera indefinible entre lo más familiar y lo más horroroso de nosotros mismos. El cambio de paradigma cultural que ha operado, consiste precisamente en un deslizamiento de la concepción freudiana de un mundo centrado en el yo hacia una teatralización extrema de lo cotidiano. Atractivo espectáculo de las neo-tribus adolescentes que, por su cualidad intrínseca del adolecer y su necesidad imperiosa de pertenecer, transcurren desde siempre entre los bordes del exceso y el desorden en un mix abrumador, donde la proximidad de la muerte se liga indisolublemente a un intenso apetito por la vida.

La creciente constatación de los límites de la racionalidad ha conducido al hombre contemporáneo y a los trabajadores de la Salud Mental al abandono de las utopías originarias.

Y, aunque todavía se admite que el hombre vive en un tiempo de transformaciones sociales y políticas extraordinarias, ya no existe la fe ciega en los discursos del conocimiento científico y de la legitimación tecnológica. Frente a la caída de estos paradigmas el Psicoanálisis no ha logrado mantenerse al margen. Si bien la dislocación y la dispersión parecieran conceptos novedosos, las escisiones psíquicas, por ellas promovidas, ya fueron descriptas por Freud en 1938.

¿Y los adolescentes y jóvenes de hoy?
Como nuestra contemporaneidad demanda el exilio de la duda, resulta entonces una exigencia, tanto para el cotidiano vivir como un imperativo para la continuidad de los desarrollos teórico-clínicos de nuestra tarea, el re-pensar los diversos sucesos del mundo, el modo de estructuración del psiquismo hoy y la particular re-estructuración psíquica puberal y adolescente y, muy especialmente, reconsiderar incesantemente nuestro posicionamiento ético, que implica comenzar por el cuestionamiento de nosotros mismos, del diálogo con el otro y de nuestro propio quehacer. La cuestión primordial a ser reconsiderada, respecto de cualquier ética a futuro, consiste en ser capaces de vislumbrar los efectos inmediatos y mediatos que habremos de enfrentar ante los nuevos desafíos clínicos que se nos imponen con el cambio de paradigma. Esta ética a futuro debe considerar aquello que aún no ha ocurrido, ante un porvenir tendido sobre el reino de la incertidumbre, y sobre unos escenarios mundiales en conflicto permanente, resultando urgente diseñar una modalidad ética de prevención y preservación. Los presagios de fatalidades diversas se vinculan con los intentos, ya casi logrados, de manipulación y dominio irrestricto de las herramientas tecnológicas y con la difusión y ejercicio, tanto real como virtual, de unas modalidades psico-sexuales pre-genitales (Freud, S., 1905), transmitidas incesantemente a través de la Web (chats, blogs, redes sociales virtuales, fotologs), de series televisivas y de personajes varios portadores y promotores de unos perfiles andróginos y perversos-polimorfos (Freud, S., 1905). ¿De qué otro modo podemos comprender hoy las conductas bisexuales, ampliamente extendidas entre los púberes-adolescentes de nuestro tiempo y de los adolescentes tardíos y hasta adultos, que mantienen relaciones sexuales exclusivamente oralizadas con sus respectivos y variados partenaires? ¿Qué significación debemos otorgarle a esta modalidad sexual que pareciera desestimar la diferencia anatómica de los sexos? (Freud, S., 1925). Es por ello que algunas preguntas se nos imponen: ¿el perverso-polimorfo freudiano (1905) se ha normativizado y naturalizado, y habría entonces que formularlo como un estadio tardío en el proceso de estructuración psíquica? o ¿la represión estructurante/primaria/primordial (Freud, S. 1915) no se ha instalado aún a pesar de los datos puramente cronológicos? Y la represión secundaria (Freud, S., 1915) ¿logra instalarse y/o existen severas fallas en esa necesaria instalación, debido a las intensas dificultades de los adultos responsables para el ejercicio de la autoridad parental y sus profundos miedos a ser considerados autoritarios y no buenos padres-amigos? ¿Han alcanzado el estado psíquico de madurez esos aparentes adultos responsables? ¿Quién aspira hoy a alcanzar el estadio adulto? ¿Qué significa hoy la extendida práctica del sexo oral (fellatio) llevada a cabo por niños de doce-trece años, cuando no menores, más allá de cualquier diferencia socio-económico-cultural, en el intento de obtener la inmediata satisfacción de necesidades/deseos?

Ante estas cuestiones vale confrontar estas observaciones con la expectativa de Freud (1893) referida a la anhelada liberación sexual de su tiempo, exhortando a la juventud para que la sociedad no cayera “[…] víctima de las neurosis incurables que rebajan a un mínimo el goce de la vida […].

La cuestión primordial a ser reconsiderada, respecto de cualquier ética a futuro, consiste en ser capaces de vislumbrar los efectos inmediatos y mediatos que habremos de enfrentar ante los nuevos desafíos clínicos que se nos imponen con el cambio de paradigma.

En la oscuridad de nuestros tiempos, Umberto Eco (1983) considera que ya estamos inmersos en “[…] una nueva Edad Media […]” tan estratificada y contradictoria como la anterior. Un mundo donde la territorialidad pierde su condición de soporte de los individuos y van aumentando los aspirantes a ejercer algún tipo de poder. En esta sociedad del espectáculo los medios masivos de comunicación han devenido espionaje y en tanto fenómeno de masas los espectadores parecieran alentados a retornar a sus propios tiempos originarios: al voyeurismo y al perverso-polimorfo (Freud, S., 1905). Porque es esto lo que promueven los llamados realities televisivos, cuyo referente paradigmático es el globalizado Gran Hermano, juego que cumple casi de un modo idéntico la profecía del gran George Orwell en su novela de ciencia-ficción 1984, escrita y publicada en 1949. Los videoclips, la publicidad, los juegos informáticos y las diversas configuraciones del cyber-espacio resultan muestras más que suficientes del re-ingreso del humano en los tiempos arcaicos de la estructuración psíquica.

La ilusión de poder
Ilusiones y paradojas
El Psicoanálisis hoy debe interesarse por los procesos de construcción de sentido y de representabilidad y figurabilidad, que se sitúan en el registro de la transmisión de los afectos, en particular de los estados afectivos arcaicos. Debe interesarse en investigar los terrores infantiles, que estos tiempos de incertidumbres reactivan, para enhebrar esas vivencias en un espacio empático de a dos, desarrollando y nutriendo la percepción de los sentidos, dentro del marco de las representaciones simbólicas del sí mismo y de los otros. La contradicción, la paradoja y lo confusional ya no se consideran como obstáculos insalvables del decurso terapéutico sino, por el contrario, a través de cuestiones como la reflexividad, la contención y el amparo, promoviendo la exploración de las fantasías subjetivas más perturbadoras y dolorosas.

Los ataques al Psicoanálisis son ya más que reiterados. Resistencias incesantes que ha padecido, desde sus mismos orígenes, por intentar ahondar la mirada y la escucha hacia las profundidades del alma. Y a estas resistencias se suman hoy nuevos resquemores que parecieran responder a otras causas. La supremacía de lo tecnológico, de la imagen, de la velocidad, inducen a la emergencia tanto de somatosis como de cuadros depresivos pero que, en simultáneo, promueven la reducción del espesor de lo psíquico y la mutilación de la potencialidad representacional. Entonces, la natural curiosidad psíquica trastabilla ante una pretendida eficacia y se muestra cada vez menos natural. Los indiscutibles progresos de las neurociencias son usados ideológicamente y difundidos como simples antídotos para el sufrimiento psíquico que, de este modo, va siendo negado y desmentido para retornar, recurrentemente, al histórico y tranquilizador sustrato genético-biológico.

Al respecto Winnicott señaló la importancia de escuchar a los pacientes que se quejan de “… no sentirse reales…”, de “…ser incapaces de sentir…” y “…de nunca decir lo quieren decir, sino más bien de hacerse eco de las palabras de otro…” (Winnicott, D.W., 1960). Los sentimientos son sentidos como no existentes.

Los indiscutibles progresos de las neurociencias son usados ideológicamente y difundidos como simples antídotos para el sufrimiento psíquico que, de este modo, va siendo negado y desmentido para retornar, recurrentemente, al histórico y tranquilizador sustrato genético-biológico.

Sería deseable que todo psicoterapeuta lograra sostenerse en una posición transicional la cual resulta siempre paradojal, ya que se aleja de todo dogmatismo. La ventaja de este posicionamiento es que se sitúa, exclusivamente, en el plano de la rigurosidad del pensamiento teórico-clínico, en tanto no aspira a responder a ningún tipo de homogeneización reduccionista ni a ejercicio de poder alguno.

Riguroso significa lo opuesto a rigidez. El rigor se vincula a la capacidad de contener la potencia y la pujanza de la transferencia en el marco del encuadre técnico, sin intersticios posibles para la transgresión de sus fronteras. Por el contrario, la rigidez consiste en la carencia de flexibilidad y, por lo tanto, promovería posibles y severas grietas-efracciones. Mientras el rigor se relaciona con la capacidad empática activa, la rigidez funciona siempre como parapeto del psicoterapeuta contra sus propias angustias, miedos e inseguridades.

La ilusión es siempre una incertidumbre respecto de la realidad, en tanto inalcanzable, ya que siempre esconde a un otro que será constantemente negado. Contiene, en sí misma, la incertidumbre de la pretensión de certeza que es aniquilada, en el mismo momento en que emerge, y de la cual sólo queda la patente de su propia imposibilidad. Y es, en ese mismo pronunciamiento imposible, donde la ilusión juega su sentido esencial.

Registro de lo real que desde la ilusión plantea un enigma a resolver: ¿es lo real realmente lo real, o apenas la opacidad de la propia ilusión, en una otra dimensión? Este enigma es efecto de la fascinación y convoca siempre un discurso lleno de palabras, siempre pensadas/habladas por otro que, al no ser reconocido como tal, se aleja de la propia conciencia, se quiebra el hechizo y el psicoterapeuta cree saber el secreto del otro quien, a su vez, cree que ese alguien verdaderamente lo sabe todo.

El psicoterapeuta, al igual que la madre de los primeros tiempos, debe reconocer y responder a las necesidades-deseos simbólicos de cada paciente, para facilitarle el surgimiento de sus sentimientos de espontaneidad y vitalidad. La interpretación psicoterapéutica, a diferencia de cualquier otro tipo de desciframiento o traducción, implica una donación de sentido más allá del juicio, en el corazón mismo del proceso transferencial-contra-transferencial.

Si la madre o el terapeuta fallaran en el establecimiento y desarrollo de la necesaria resonancia emocional en el infans-paciente, éste se retraerá en su sí mismo, una y otra vez, y en consecuencia repetirá sólo aquello que la madre-psicoterapeuta califique como deseable y, en el caso del paciente, éste nunca logrará conectarse ni saber de su propio desear, promoviéndose la indeseable constitución y/o consolidación de un falso self, que consiste en un particular estado de sentir no genuino del sí mismo, y se caracteriza por anticipar compulsivamente las expectativas y reacciones de los otros. Lo genuino se distingue de lo no auténtico por el gradiente de incrustación del otro madre-psicoterapeuta en el sí mismo.

Y si el proceso de resonancia emocional no lograra instalarse, se tratará de un particular tipo de crimen, que consiste en tomar como rehenes las obsesiones, los afectos y la credulidad-confianza de todos aquellos pacientes quienes se entregan incondicionalmente. Se trata de un crimen de chantaje y de simulación. Pero entonces, ¿cuál ha de ser el castigo para una semejante toma de rehenes?

Los psicoterapeutas, en razón de su atributo intrínseco de devenir imagen y, a veces, por su expectativa de reconocimiento en razón de sus propios déficits arcaicos no analizados, podrían ir anestesiando la imaginación y la detección de la realidad en algunos cuantos pacientes y/o generando un incremento de la desilusión, en otros tantos.

…debemos estar alertas frente al riesgo de convertirnos en rehenes de las apariencias de fluidez y transparencia, pero que sólo nos conducirían hacia el final de una historia, porque no hay peor error que el de confundir la realidad con lo real y, en este sentido, el mismo exceso de ilusión conduce, ineludiblemente, a la desilusión vital.

Las traiciones de la ilusión de poder transferencial
Es de ese modo cómo operaría el abuso de poder en la relación paciente-psicoterapeuta. Como toda transferencia se funda en la repetición, ésta siempre es entre dos. Esta repetición acontece en razón de que un tipo particular de relación genera unas resonancias del pasado, inconscientes en ambos integrantes de la díada terapéutica.

La transmisión es, ante todo, un asunto de mensajes, y tiene como misión el trasplante de una serie de creencias y filiaciones, y reproducir los valores y la lengua o dialecto de las generaciones anteriores. Y, en el corazón de esta transmisión, está tácitamente incluido el peligro de fabricar pacientes especulares, del tipo empático-intuitivo, siempre obedientes a la tentación de actuar en lugar de reflexionar.

La verdadera amenaza que insiste, consiste en acostumbrarnos y, por tanto, en aceptar como un inevitable que lo anómalo devenga normatividad, convalidando la caída de nuestro quehacer específico en una modalidad alienadora, que obviamente terminaría amputando la subjetividad-transicionalidad a la aspira hacer emerger, contradiciendo así su misma esencia.

Ciertas personas temen que esta repetición se transforme, ineludiblemente, en destructiva; no la toleran y…. no se equivocan. Porque si se puede hablar de una violencia de la interpretación (Aulagnier, P., 1975) es porque existe una violencia propia de toda situación terapéutica. De este modo, cualquier proceso psicoterapéutico podría terminar vaciado de sentido, sin fuerza para sostener la convicción acerca de su función intrínseca y de los principios fundacionales del descubrimiento freudiano. Y acerca de la resignación a aceptar esta degradación de nuestro quehacer específico, si bien no deja de ser un observable cotidiano el indeseable avance de lo banal, no es verdad que estos efectos deban ser aceptados por todos nosotros, como la consecuencia ineludible de alguna especie de voluntad divina y, por tanto, ineluctable.

El Psicoanálisis contemporáneo y las sociedades y comunidades psicoterapéuticas, en razón de un pomposo despliegue de apariencias de falsa modestia y de escenificación excesivas, en unas sombras supuestamente iluminadas, podrían llegar a desacreditar y hasta a prostituir la propia teoría y la técnica. Los excesos siempre engendran una parodia que termina anulando los hechos. Y así como la especulación financiera arruina los principios elementales de toda economía, la especulación de la modestia y de la seudo-democratización podría terminar arruinando toda política científica y socavando los fundamentos de cada historia institucional. En tanto trabajadores de la Salud Mental debemos estar alertas frente al riesgo de convertirnos en rehenes de las apariencias de fluidez y transparencia, pero que sólo nos conducirían hacia el final de una historia, porque no hay peor error que el de confundir la realidad con lo real y, en este sentido, el mismo exceso de ilusión conduce, ineludiblemente, a la desilusión vital. Por ello, toda teorización podría ser utilizada por cualquiera y de cualquier modo, conduciéndolas hasta los terrenos del riesgoso discurso único.

Estas aspiraciones absolutistas nos exigen estar alertas y poner en cuestión las normativizaciones, tanto de la técnica como de las teorías, tan rígidas a veces, que terminarían por cristalizar en un yo ideal, peligrosamente cercano a la idolización de todo aquél que se propusiera como el dueño del saber, “…El tipo de análisis que yo hago lo lleva a cabo el paciente, no yo,…..¿Será acaso que algunas personas hacen el análisis de una manera más activa que yo, sin apoyarse en el proceso del paciente, de modo tal que el análisis descansa sobre la tarea del analista?….” (Winnicott, D. W., carta a Elliott Jaques, 13/10/59).

Winnicott, individuo tan poco intimidable como Freud, tanto en lo personal como en lo profesional, sostuvo posiciones irrenunciables acerca del funcionamiento de los narcisismos teóricos en su propia comunidad psicoterapéutica. Llamaba aparato de estado al cerrado sistema del vocabulario, impuesto a modo de jerga, de las reglas de la formación y a la prohibición de confrontar con otras formas de pensamiento teórico, tal como regía como norma entre los kleinianos. Y, porque se implicaba con fuerza en la relación del Psicoanálisis con su propia comunidad, no vaciló en hacer públicos sus disensos. A pesar de sus discrepancias, Winnicott nunca prohibió sino que discutió sobre el fondo y la forma, sobre el pensamiento y la palabra. Pero, a pesar de sus características aparentemente tan afables, sus cartas fueron implacables y absolutamente desprovistas de consideraciones, y deben de haber hecho temblar a más de un destinatario, ante el simple acto de recibir la correspondencia.

Los riesgos de la fosilización de la técnica
Las sociedades psicoterapéuticas contemporáneas no están libres de generar y padecer estos efectos, por eso a veces fetichizan los fósiles y los vestigios, en tanto “parecen” lo más próximo a los orígenes perdidos. Y así como los objetos-fetiche ocultan el desmentido de la diferencia, el culto a los fósiles oculta una forma de re-sentimiento y negación de los orígenes, sustituyéndolo de inmediato por una copia. Copia que pareciera ser la única versión, aceptada en estos tiempos, donde toda originalidad resulta peligrosa y toda singularidad amenazadora. ¿Qué sería entonces hoy de un pensador de la originalidad de Sigmund Freud?

No es fácil responder a esta cuestión, pero sí podría afirmar que todos hacemos nuestra propia interpretación de cada autor y, en particular de Freud, haciendo a veces de él una especie de post-adelantado, eliminando así su dimensión humana, en tanto batallador infatigable en la defensa de sus convicciones teórico-clínicas. De este modo, sus conceptualizaciones son permanentemente reinterpretadas, escamoteándose, no pocas veces, sus originales construcciones teóricas. Se lo reinterpreta sustituyendo la parte al todo y el efecto a la causa. Se re-historiza a un “Freud fetichizado”, reinscribiéndolo en un proceso totalizador y globalizador y haciendo una crítica ideológica de ese escamoteo. Y entonces, más que reivindicar sus lúcidas descripciones teórico-clínicas, éstas terminan por ser “usadas” para ensalzar los propios narcisismos.

Y entonces, más que reivindicar sus lúcidas descripciones teórico-clínicas, éstas terminan por ser “usadas” para ensalzar los propios narcisismos.

Los miembros de cualquier movimiento científico, podrían llegar a creer en la posibilidad de encontrar alguna ventaja en el aprender algo de un “único individuo”. Pero toda formación psicoterapéutica transcurre siempre de “persona a persona”, transmitiéndose así las teorías y la teoría de la cura, al modo de la necesaria ilusión de los tiempos primordiales de la estructuración psíquica, seguida de la ineludible desilusión, hasta alcanzar la subjetivación. Como ejemplo, aquello que Winnicott le reprochara a Melanie Klein no fue ni su teoría ni su modo de expresarla, sino el eludir, permanentemente, la confrontación teórica y la polémica. Por ello, el temor al surgimiento de un lenguaje que podría ser calificado como petrificado o muerto conduciría a que expresiones de unos determinados tipos de pensamiento, puedan hasta ser calificados como inútiles u obsoletos.

En ambos autores se observa la carencia de un rasgo especialmente peligroso: la extraordinaria y difundida capacidad de escisión, que les permite señalar e interpretar en sus pacientes aquello que ellos insisten en desmentir en sí mismos, poniendo en funcionamiento, en su práctica cotidiana, construcciones e interpretaciones que les resultan imposibles de aplicar para sí mismos. Escisión necesaria, por momentos, para llevar adelante los proyectos terapéuticos pero que se torna, siniestramente, tóxica al desconocer la violencia de sus propios afectos de transferencia.

Tanto al eludir las discusiones y polémicas científicas en las propias instituciones, tan frecuente hoy, como al alistarse en larvadas batallas por temor a una sedición que perturbaría las ideologías y los correspondientes órdenes instituidos, los psicoanalistas terminan enrolándose en posicionamientos antagónicos con sus propias declamaciones teóricas. Winnicott combatió estos fenómenos, denunciándolos continuamente y encarándolos en sus desarrollos acerca de la teoría de la técnica. Temible contradictor, como lo son los espíritus independientes y que no temen a las discrepancias pero, por cierto, mucho menos temible que aquéllos que las evitan pero las “actúan”, de forma más o menos encubierta.

Esta transmutación de los valores, según Nietzsche, no se produce en un “más allá”, sino en un “más acá” del bien y del mal, en un “más acá” de lo verdadero y de lo falso. Transmutación hacia una indiscriminación de los valores fetichizados al servicio del Amo, del dueño del poder de la autoridad autorizada. Y esto le da una porción de razón a Nietzsche: el humano, abandonado a sí mismo, sólo es capaz de repetirse o de destruirse. Modo de entrar en un peligroso territorio de totalización y de repetición de uno mismo y que es todo lo contrario del “saber finalizar.” Política característica del explotador quien jamás habrá de soportar nada que provenga de alguien que no fuera él mismo y cultura de la esclavitud que niega la existencia del otro. Y replanteada la cuestión, desde el mismo corazón de la clínica, es el colmo de la esclavitud voluntaria, en tanto el explotador/manipulador es un individuo que sólo piensa desde sus propias categorías de apropiación técnica del “yo” del otro.

De este modo, el psicoterapeuta se posicionaría como el “dueño” absoluto del saber del secreto del otro mientras el otro, el paciente, cree que el terapeuta verdaderamente lo sabe “todo”. “….el pecado imperdonable de un proceso psicoanalítico sería el uso por el analista de la relación analítica para su gratificación personal…Abusar de la neurosis de transferencia sería como seducir sexualmente a un niño pequeño, ya que éste no es capaz de efectuar auténticas elecciones de objeto, al no estar libre de un alto grado de subjetividad en su observación….” (Winnicott, D.W., 1988).

Los pactos con la verdad
Como, paradojalmente, hoy se vive en un mundo sin memoria y sin olvido, la insistencia en reactualizar por la fuerza es siempre violentadora, en tanto se reactualiza aquello que ya ni siquiera se recuerda.

¿Paraíso o infierno? Conmemoración, a cada instante, de todos los rostros y figuras de una historia imposible de historizar. Inmortalidad carcelaria de una memoria implacable, que asiste a la liberación espontánea de los fósiles, vestigios que se agolpan para ser descubiertos porque han esperado demasiado tiempo para que se haga justicia. Pero los fósiles sólo salen de su inmemorialidad, de la memoria secreta de los humanos, para ser nueva e inmediatamente sepultados en una memoria artificial. Y todos aquéllos que intentaren el rescate y hasta pudieran lograr su exhumación, corren el riesgo de ser acallados o desterrados. Porque cada vez se exhuman más cosas para ser inhumadas de nuevo inmediatamente. Se las rescata de la muerte para siempre, sólo para ser criogenizadas a perpetuidad.

La respuesta del investigador, si verdaderamente le importara ser y seguir siendo ese investigador, es “ir en contra de lo políticamente correcto”, fuerza que debería prevalecer en los ámbitos científicos y, en particular, los psicoanalíticos, para ser consecuentes con la cualidad subversiva nuclear de los mismos fundamentos del Psicoanálisis, que Freud nos legara.

De este modo, en buena parte de los círculos científicos, pareciera de buen tono considerar, afligidamente o no, que el Psicoanálisis está rozando su ocaso, argumentando su afirmación en la desilusión, de los integrantes de esta sociedad globalizada, tanto del método como de la técnica. Ante este supuesto ocaso, ciertos grupos de psicoanalistas se ven empujados a adoptar medidas, deliberadamente oportunistas, como correcciones del corpus técnico fundamental o simplificaciones de las interpretaciones teórico-clínicas. Simples ejercicios de un pragmatismo extremo, que es imperioso no confundir con las dudas y avanzadas internas del propio Psicoanálisis.

Quizá la teoría del inconsciente merezca ser redefinida. El pensamiento psicoanalítico está, paradojalmente, en riesgo pero también a buen resguardo, porque ya está inscripto en la historia y en la memoria de la humanidad.

Por eso propongo retomar la historia del espíritu humano y el lugar que en ella ocupa el Psicoanálisis, tal como hoy lo hubieran hecho Freud y Winnicott.

Para ello me parece pertinente reconsiderar una afirmación que Freud efectuara en una carta que le dirigiera al pastor Pfister el 7/2/1930: “….Me es imposible imaginar que hace unos cuantos millones de años….todos los grandes saurios llegaron a estar muy orgullosos de la especie de los saurios, ¡y Dios sabe el gran futuro que esperaban! Pero luego se extinguieron, salvo el desdichado cocodrilo…”

Winnicott, por su parte, en una carta a Balint del 7/10/1955, afirmó: “…Creo que tenemos por delante una época apasionante en cuanto al aspecto científico del psicoanálisis. Espero que la escena política no continúe arruinando la labor científica….”

La respuesta del investigador, si verdaderamente le importara ser y seguir siendo ese investigador, es “ir en contra de lo políticamente correcto”, fuerza que debería prevalecer en los ámbitos científicos y, en particular, los psicoanalíticos, para ser consecuentes con la cualidad subversiva nuclear de los mismos fundamentos del Psicoanálisis, que Freud nos legara.

Enfoque que tiene como objetivo primordial el sostenimiento del concepto de cura, comprendida como “transformación”. Único modo, a mi parecer, de garantizar su cualidad de proyecto abierto, en tanto esta cura no consiste en la simple erradicación de los síntomas, ni es adaptación ni alineamiento sino re-unión de las fuerzas progredientes del placer de vivir.

Por eso para psicoanalizar es imprescindible psicoanalizarse y auto-cuestionarse, incesante y simultáneamente, ya que es ineludible asumir la propia alienación, tolerando y discriminando las proyecciones tanto ajenas como propias.

Porque… ¿cómo olvidar que se tiene memoria?

Bibliografía
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(1966): La ausencia de un sentimiento de culpa, en Deprivación y delincuencia, Paidos ed., Bs. As.,1992
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(1988): La naturaleza humana, Paidós ed.,Bs.As., 1993

Artículo por:

Dra. Susana Jallinsky

Psicoanalista, Miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina y APsaA. Buenos Aires. 

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