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Desleer

San Pablo

Por Ricardo Goldenberg

Desleer | Letra Urbana

Una concepción nueva de lectura a partir de la intersección entre la original propuesta de Freud de los “recuerdos encubridores” y la “novela familiar, y el concepto de “misreading” del crítico norteamericano de literatura Harold Bloom.

Si hay algo de que puede decirse que el psicoanálisis ha cambiado todo, esto es la noción de lectura. Como hemos nacido dentro de su período histórico, sólo podemos imaginar lo que sería leer antes de Freud.

La magnitud de la novedad permanece ofuscada, sin embargo, por una concepción del psicanálisis como una mera teoría de la narrativa, un ancestral de la moderna crítica oriunda de la sociología, de la crítica literaria y de la filosofía política. Este es precisamente el tipo de equívoco que impide reconocer su verdadera innovación, visto que termina reducido a una hermenéutica entre otras.

Existen varios autores, dentro y fuera del campo analítico, que trabajaron el asunto de la lectura de un modo magnífico. Aqui sólo pretendo recuperar un concepto inventado por un crítico norteamericano de literatura para elaborar una teoría de la poesía. Digo “recuperar” porque él forjó tal noción por haber entendido, como pocos, la novedad freudiana en el tratamiento del relato. Me refiero a lo que Harold Bloom denomina misreading, que propongo traducir como “deslectura”.

Bloom expropió para la crítica literaria la teoría de Freud de los “recuerdos encubridores” y de la “novela familiar”, y así lanzó una luz nueva sobre los conceptos originales del psicoanalista. Y esto es precisamente lo que desleer quiere decir. Consulten sus libros La angustia de influencia y Mapa de deslectura. El crítico entiende que hay lectores débiles y lectores fuertes. Estos últimos no simplemente leen, “desleen” (misread), porque la lectura, en el sentido fuerte del término, opera como una “novela familiar”, o sea, como la reescritura de otro texto anterior. Los poetas, porque se trata de una reflexión sobre la poética,  se desleen entre si, al hacer sus poemas. Un poema resulta de un acto de lectura de la Poesía. Un poema lee poemas anteriores, de otros poetas o del mismo poeta como otro. No existen textos aislados, sino relaciones entre textos. Y dichas relaciones son ya otros tantos actos críticos. La crítica, o sea, la lectura bien entendida, puede no ser necesariamente una evaluación, una calificación del otro texto, pero es siempre una decisión, y lo que se decide es el significado. De esta suerte, toda poesía será crítica en verso, así como toda crítica es poesía en prosa.La crítica, o sea, la lectura bien entendida, puede no ser necesariamente una evaluación, una calificación del otro texto, pero es siempre una decisión, y lo que se decide es el significado.

Borges transforma al propio Kafka en un precursor de Borges, lo que de rebote prueba la tesis de “Kafka y sus precursores”[1] —que es una teoría de la usurpación del origen. Un texto literario sería siempre un embate entre el autor y sus precursores, leídos por él en su propio texto, alterando de este modo el punto de origen.

El hecho es que cada escritor crea sus precursores. Su labor modifica nuestra concepción del pasado, como ha de modificar el futuro. En esta correlación nada importa la identidad o la pluralidad de los hombres. El primer Kafka de Betrachtung es menos precursor del Kafka de los mitos sombríos y de las instituciones atroces que Browning o Lord Dunsany. [2]

Un argentino, lector de un checo que escribe en alemán en Austria a comienzos del siglo XX, redacta 50 años después, en castellano y en Buenos Aires, un opúsculo en el que declara haber “premeditado” el examen de los precursores de este último.

Después de Kafka, dice la tesis borgiana, los más diversos autores —como Zenón de Elea, 23 siglos ántes— pueden considerarse kafkianos, tornándose sus precursores. Es importante no perder de vista que el lector no sólo no desaparece en esta operación, como hace posible una apreciación completamente nueva de la obra del otro. Lo notable aqui es percatarse de que el mismo Borges termina apareciendo como el otro de Kafka. Y parece ocioso preguntar si “ya lo era” desde antes, o se tornó tal mediante la operación crítica de los restos seleccionados de sus propias lecturas. De otro modo, Borges reconoce en otros lo kafkiano de su propio estilo.

Veamos sus recortes.

El argumento sobre la imposibilidad del movimiento, de Zenón[3], por la forma. Un espacio infinitamente divisible que debe ser recorrido, a partir de la pequeña ventaja de la tortuga sobre Aquiles y que hace que éste jamás pueda alcanzarla, tiene, dice, la misma forma que El Castillo, con los infinitos aposentos que deben ser atravesados antes de poder llegar a la sala de audiencias a la cual fue intimado a comparecer.

El apólogo de Han Yu[4] sobre los unicornios, por el tono: la certeza de que estos seres son de buen agüero no se encuentra afectada por el hecho de que no sabríamos que estamos frente a uno de ellos si lo viésemos.

Reconoce a Kafka en Kierkegaard[5] por la ironía de sus parábolas: Un conocido falsificador, por ejemplo, revisa los billetes del Banco de Inglaterra para garantizarles la autenticidad —pero él mismo debe ser constantemente vigilado por el banco, que no puede fiarse de su buena fe.

Lo encuentra en el poema Fears and scruples, de Browning[6], por la misma razón de la parábola de los unicornios, supongo. El poeta tiene un amigo famoso, que nunca ha visto, cuyas cartas que le están dirigidas son consideradas apócrifas y hasta su existencia misma es cuestionada por todos. Su propia creencia en él, sin embargo, se basa en estas pruebas. Y en Leon Bloy y Lord Dunsany, también por los bucles espaciales: en uno no se puede salir de una ciudad (histoires désobligeantes); en el otro (Carcasonne), no se puede llegar a ella.

No habría ninguna dificultad en agregar a esta lista El ángel exterminador, donde los invitados nunca llegan a dejar el lugar del ágape y El discreto encanto de la burguesía, donde jamás consiguen comenzar a cenar o inclusive El obscuro objeto del deseo, donde el acto sexual no se consuma. Son todas películas, escritas y filmadas por Buñuel más de cuarenta años después de Kafka. Y poco importa determinar si el cineasta reconoce o no lo kafkiano de sus guiones.

Si no me equivoco, las heterogéneas piezas que he enumerado se parecen a Kafka; si no me equivoco, no todas se parecen entre sí. Este último hecho es el más significativo. En cada uno de esos textos está la idiosincrasia de Kafka, en grado mayor o menor, pero si Kafka no hubiera escrito, no la percibiríamos; vale decir, no existiría. El poema Fears and Scruples de Browning profetiza la obra de Kafka, pero nuestra lectura de Kafka afina y desvía sensiblemente nuestra lectura del poema. Browning no lo leía. Como ahora nosotros lo leemos.

*

Del mismo modo, sólo podemos decir que hay inconsciente porque Freud ha escrito[7]. Si no hubiese escrito, no lo percibiríamos; vale decir, no existiría. Esto es importante, porque el fenómeno al que nos referimos, en otras épocas, sería entendido como otra cosa. Aún hoy, para una mujer espiritista, lo que para mí era una manifestación clara de su inconsciente, para ella lo era de la presencia terrenal de un determinado espíritu. El de su fallecida madre, precisamente.

la realidad en que vivimos y que nos parece dada es, en realidad, construida…Convengamos que ni el inconsciente que le supongo, ni el espíritu que ella supone se ven, como la ropa que viste. Por lo tanto, debo concluir que lo que hacemos ambos es leer, aunque de modos diferentes, los mismos fenómenos como un texto. Para ella, Freud no ha escrito; Platón, sí (Alan Kardec era un neoplatónico). Pero, ¿se trata del mismo texto?

Quien haya leído la magnífica novela de Henry James Otra vuelta de tuerca[8] —contemporánea de Freud[9]—, seguramente recordará la perplejidad que lo acometió al terminar, debido a la estrategia del autor de no decidir a cuál género literario corresponde el relato que acabamos de leer. ¿Es una historia de espectros —así la habría comprendido la mujer que acabo de mencionar, y tal vez para ella no habría la menor sorpresa—? ¿Un delirio de la narradora —un psiquiatra que concluyese esto tampoco se sorprendería demasiado—? ¿Un ejemplo de la maldad infantil, desconocida por nuestra insistente creencia en la inocencia infantil? ¿Un ejemplo del trauma causado por un abuso sexual precoz —un freudiano no dejará de tragarse este anzuelo—? ¿Una crítica a la represión moral puritana propia del siglo diecinueve, a la cual pertenecen tanto el autor como los personajes? La perplejidad a que me refiero desaparece de las versiones teatrales y filmadas, a partir de 1957, porque, al mostrar al espectador, el montaje decide el sentido. En todo caso, lo que quiero decir es que, esta novela, es al menos tantas como lecturas permite.

Creo no exagerar al sugerir que el psicoanálisis, tanto en extensión como en intensión, es un método de lectura. En extensión, el modo de Freud desleer la Biblia, por ejemplo, para mostrar cómo la envidia está en el fundamento de la justicia. Se trata de “El juicio de Salomón”, en el libro I de Reyes. (3: 16-28). Volveré a ello. En intensión, la construcción de la noción de energía libre y ligada para describir la pulsión, a partir de la función de trabajo de Helmholtz en un sistema termodinámico cerrado. No volveré a eso, pero es fácil constatar esta elaboración conceptual consultando los textos de la denominada “metapsicología” freudiana[10]. Es en extensión también el trabajo de deslectura que se hace con las secuencias de asociaciones llamadas libres y que permite configurar el fantasma con el cual se organiza la realidad de cada uno de nuestros pacientes.

Acabo de decir dos o tres cosas que no son en absoluto evidentes. Que la realidad en que vivimos y que nos parece dada es, en realidad, construida —una ilustración de esta idea puede leerse en Ubik, de Philip Dick—. Que la clínica psicoanalítica pertenece a la extensión y no a la intensión del psicoanálisis y que de lo que se trata en ambos casos es de operaciones de deslectura de textos que suponemos originales.

Veamos el caso del bíblico soberano.

Detrás de toda demanda de justicia es posible reconocer la envidia. Los gritos de “abajo la corrupción!” que han decidido las elecciones recientemente pueden traducirse como “si yo no puedo, que nadie pueda!” Es con esta clave que Freud, en cinco líneas, despacha la más intrigante y original lectura del “juicio de Salomón” de que yo tenga noticia.

Hice en dos oportunidades la prueba de preguntar a una platea numerosa lo que recordaban del “Juicio de Salomón”[11]. En su mayoría, se acordaban de las dos cortesanas peleando el mismo bebé; del fallo del rey sabio, mandando a que fuese cortado al medio para repartir las dos mitades entre las querellantes, y se acordaban de la verdadera madre renunciando a su niño en favor de la otra para salvarle la vida. Algunos recordaron que una de ellas acababa de perder su propio bebé, pero nadie se acordó de las palabras de esta última después de la sentencia del juez: “Ni para ti, ni para mí; que lo partan como ha sido ordenado!”

Y aquí podemos verificar el toque de genio, menos la novedad que la posibilidad de ver de otro modo algo que siempre estuvo allí[12]. Es por haber reparado en este grito odioso e desesperado de la enlutada, que pasó desapercibido para todos, que Freud pudo argumentar: el Gemeingeist, el esprit de corps de los grupos humanos se origina en la envidia. “Si el niño de una está muerto la otra no tendrá un vivo tampoco. Se reconoce a la perdidosa por este deseo“. Ni el rey justo, ni la madre desprendida: es la mujer privada, aquella que mantiene su reivindicación, el verdadero centro de la parábola. Justicia quiere decir que nadie se sobresalga; que nadie tenga nada por encima de la media: “nadie debe querer estacarse, todos deben ser iguales y poseer lo mismo.”[13] Abdico para que los otros tampoco tengan. “Esta exigencia de igualdad es la raíz de la conciencia moral social y del sentimiento del deber”[14]. La idea de justicia no es redistributiva ni impersonal; es distributiva y personal. El centro de la disputa, que el juez reconoce, es la envidia de una por la otra; de aquella que está de duelo por la pérdida de su propio bebé y que no puede soportar que la otra no esté, como ella, desposeída. Freud es radical: sin envidia no sería necesaria la ley.

Celos y envidia están relacionados, pero no son sinónimos. Los celos conciernen a la exclusión; la envidia a la privación. Freud ve en la idea de equidad, sobrentendida en la demanda de justicia igual para todos, una sublimación del narcisismo: si no puedo ser el hijo preferido, entonces, que ninguno de mis hermanos lo sea. Renuncio para que renuncies.

*

Platón era, para decirlo todo, lacaniano.[15]

Freud no era lacaniano, preciso decir.[16]

Estas dos perlas fueron extraídas de El Seminario, de Jacques Lacan, notabilísimo deslector de Freud. Al decir de Platón que era lacaniano, el psicoanalista no incurre en un anacronismo delirante, ni está haciendo un chiste incidental, está transformando al filósofo heleno en su precursor. Está leyendo Platón, o, mejor, desleyéndolo, mientras elabora su teoría apoyándose en la versión del platonismo que más le conviene. Como en el pliegue del espacio-tiempo que pone Marty Mc Fly frente a frente con su (futuro) padre en la escuela secundaria[17], la deslectura ejecuta una torsión que pone el significante de 1953 detrás del eidos platónico, 15 siglos más viejo. Nótese, de paso, que hacer de Platón un lacaniano no hace de Lacan un platónico.

Por otro lado, al afirmar que Freud no es lacaniano llama la atención para la ruptura del paradigma que sostiene la teoría psicoanalítica, lo que no le impide decirse freudiano, aunque no se reconozca como su sucesor, a pesar de ser su epígono. Tampoco se considera su discípulo, visto que llama de “maestros” a Clérambault y a Kojève, no a Freud. Reivindica, por lo tanto, su freudismo en nombre de una crítica incesante y despiadada de los fundamentos freudianos del psicoanálisis.

*

Es frecuente que un lector fuerte terminar siendo un revisionista. Como la palabra “revisar” indica, está en juego allí un cambio de dirección conduciendo a una revaluación de textos que, a veces, se propone a ser correctiva. Está en acción allí un ideal de lectura precisa y la pretensión de restaurar una verdad que ya estaría en el escrito mismo y que el lector considera extraviada, sin percebir que tal verdad es textual estaría siendo producida por su propia lectura que, de este modo, sería realmente una escritura. El lector fuerte deslee el otro para fundar su propia escritura[18].

Espero que se reconozca en esta descripción el modo de Freud leer (crear) a sus precursores, así como también el Freud de Lacan.

Ejemplos psicoanalíticos de deslectura no faltan. Menciono algunos a título de ilustración. El “complejo de Edipo” es una deslectura de Sófocles; la energética de la pulsión, de la física de Helmholtz y Brücke; la biografía de Leonardo da Vinci está desleída en pro de la invención del concepto de “madre fálica” y de sublimación, que por su lado es una apropiación psicoanalítica de la química; la “pulsión de muerte” es una deslectura freudiana de Empédocles, de Schopenhauer y de Weissmann. Ya el concepto de Tyche y athomaton resulta de la deslectura lacaniana de la “pulsión de muerte” freudiana y de la física de Aristóteles, para fundar una teoría nueva del significante, que, por su parte, deslee el concepto de signo de Saussure, privilegiando el significante en detrimento del significado. El après-coup, que sería el fundamento de esta última, deslee la Nachträglichkeit freudiana, que ni siquiera llega a ser un concepto, para hacerla caber en una teoría del lenguaje ajena a Freud. Y fundamentar la lectura de la condensación freudiana y del complejo de Edipo a partir de la metáfora, que también sirve para repensar la Santísima Trinidad de la liturgia cristiana. En fin, el concepto de juissance es una radical deslectura de la pulsión freudiana, destinada a retirar el psicoanálisis como un todo del biologismo reinante. Por otra parte, el cogito cartesiano es desleído mediante el Wo es war, soll ich werden freudiano, para elaborar una teoría del acto. Y Kant es puesto de patas para arriba, gracias a la palanca de Sade, para tematizar la lógica del fantasma.

En fin, y para concluir, sugiero que lo que se conoce como el “retorno a Freud de Lacan” es el nombre genérico de la deslectura lacaniana, que consiste en su proyecto explícito[19] de poner a Freud del revés, como un guante.

 

Este artículo es una reescritura de parte de un capítulo de mi nuevo libro Desler Lacan, São Paulo: Ed. Instituto Langage, 2018

[1] Borges J.L. O.C. vol II, p.89. Bs As: Emecé, 1996.

[2] Betrachtung es de 1912, Browning escribe en 1889 y Lord Dunsany, en 1878.

[3] Siglo V A.C.

[4] Siglo XIX

[5] Siglo XIX

[6] 1889

[7] En particular, La interpretación de los sueños, La psicopatologia de la vida cotidiana y El chiste y sus relaciones con el inconsciente.

[8] James Henry The turn of the screw, 1898.

[9] La novela es de 1897 y La interpretación de los sueños, de 1900

[10] Quien se interese por este problema, consultará con provecho Vida y muerte en psicoanálisis, de Jean Laplanche. Existe una edición castellana de Amorrortu.

[11] Reyes 1, 2-3

[12] Piglia Blanco Nocturno.

[13] Op. cit. p. 114

[14] ibid.

[15] Seminario de 15/3/72

[16] Seminário de 14/1/75

[17] Spielberg S. De vuelta al futuro, 1985.

[18]digo escritura en el sentido de Barthes.

https://edisciplinas.usp.br/pluginfile.php/3738921/mod_resource/content/1/BARTHES_Roland_-_Aula.pdf

[19] Cf. el Seminario de 1969 "El psicoanálisis al revés"

Artículo por:

Ricardo Goldenberg

Ricardo Goldenberg
Brasil. Psicoanalista, maestro en Filosofía por la Universidad de San Pablo (BR) y doctor en comunicación y semiótica por la Universidad PUC/SP. Autor de En el círculo cínico o querido Lacan, ¿por qué negar el psicoanálisis a los canallas? (2002); Política y Psicoanálisis (2006); Del amor loco y otros amores (2013) y Desler Lacan (2018), entre otros. Participó de más de una docena de colecciones de ensayos y actualmente escribe para diversas revistas especializadas. 

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