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De polvo como Adán y deseantes como Eros

Tucumán

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De polvo como Adán y deseantes como Eros | Letra Urbana

Una vuelta sobre la naturaleza del amor. Cuando Eros se torna en el deseo de saber, que nos abre al mundo. Eros, el Amor, no es ni mortal ni inmortal. En tanto es un mediador entre la sabiduría y la ignorancia, es deseo de saber.

Platón, en El Banquete, nos cuenta sobre la naturaleza de Eros, el amor. Pone en boca de la sacerdotisa Diotima, su origen. Eros no es un dios, es un ser intermedio, un daimon, pequeño geniecillo que intercede en el comercio entre los hombres y los dioses. Eros es indigente, enamorado de la belleza y de la sabiduría; pero no es ni bello, ni bueno, ni sabio. Según cuenta la leyenda, en la fiesta del nacimiento de Afrodita se encontraron Poros (la abundancia, el recurso) y Penía (la pobreza) quien mendigaba en la puerta del banquete. De la unión de ambos ese día, en el huerto de Zeus, nace Eros.

Eros, el Amor, no es ni mortal ni inmortal. En tanto es un mediador entre la sabiduría y la ignorancia, es deseo de saber.

La naturaleza de Eros es una herencia de sus padres. Por su madre es pobre, rudo, escuálido, anda descalzo y carece de hogar, duerme en los caminos y es inseparable de la pobreza. Por línea paterna es valeroso, intrépido, viril, persigue la belleza y la bondad; es pródigo en recursos, en astucias; es un cazador temible, seductor y, a veces, sofista. Eros, el Amor, no es ni mortal ni inmortal. En tanto es un mediador entre la sabiduría y la ignorancia, es deseo de saber; los dioses no filosofan, reflexiona Platón, porque ya son sabios; los ignorantes tampoco, porque no saben que son ignorantes. Lo hacen los seres intermedios como Eros.

Ese gesto propio de lo divino, la creación, le permite repetirse incansablemente a fin de perdurar. El deseo –nunca satisfecho– de engendrar en la belleza es el constante acicate de Eros.

El mito platónico dice que Eros es deseo. Y el deseo es la manifestación de una carencia. Como ser intermedio, no es ni bestia ni dios, ni sabio ni iletrado, hábil con las argucias y pleno de recursos. Eros no busca simplemente poseer la belleza de cuerpos y almas, con ello no se satisface, busca algo  más importante: engendrar en la belleza y en la sabiduría para obtener vástagos bellos y sabios. Ese gesto propio de lo divino, la creación, le permite repetirse incansablemente a fin de perdurar.

El deseo –nunca satisfecho– de engendrar en la belleza es el constante acicate de Eros. Mientras su pobreza e incompletitud lo empujan a la búsqueda de los bienes más altos, sus recursos y astucias le permiten intimar con los dioses sin llegar a ser uno de ellos. La plenitud tan buscada nunca será total.

El impulso, a veces misterioso e irrefrenable hacia lo deseado, es el conocimiento. Y la pasión del saber no es otra cosa que apetecer lo que no se tiene.

Ahora bien, si acercamos los datos de la antropología actual al  formidable mito Platónico, encontraremos puntos de convergencia. Nuestro cuerpo, según lo dice la biología, tiene efectivamente la pobreza heredada de Penía, madre de Eros. Somos mendicantes como ella, vagabundos, frágiles y pobres criaturas descalzas, sometidas a la enfermedad y a la vejez; carentes de piel para protegernos del frío y de garras para defendernos de los enemigos. Sin embargo, tenemos de Poros, su padre, la riqueza de los recursos, el ímpetu necesario para sobrepasar la indigencia; osadía y astucia para lograr objetivos. Eros, el deseo, es una flecha tendida hacia el universo en el intento de poseerlo.

Eso, precisamente, es el hombre. Un arco tenso entre la materia y el espíritu, entre lo dado y lo creado, entre naturaleza y cultura. El deseo es la fuerza que motoriza al animal a buscar alimento, cobijo y procreación. En el hombre, por su peculiar condición de estar atravesado por la inteligencia y la palabra, ese deseo, esa tensión hacia lo otro de sí, propio de lo vivo, se metamorfosea para ser, además, de modo semejante al carnal, deseo del alma. El impulso, a veces misterioso e irrefrenable hacia lo deseado, es el conocimiento. Y la pasión del saber no es otra cosa que apetecer lo que no se tiene.

Pesaggio-con-amorino

La antropología sabe que hay una consigna en el universo: toda especie necesita conocer su medio para  sobrevivir; debe saber de su entorno para insertarse en él y responder a sus demandas. Así, el águila tanto como el felino o la ameba, han debido adaptarse al paisaje que los vio nacer para seguir viviendo. El hombre también necesita saber como todo ser vivo, y conocer, en él, es usar ese plus de su  especie: la inteligencia. En el largo proceso evolutivo la inteligencia deviene palabra y pensamiento. Con lenguaje el hombre no sólo se orienta en su medio, sino que  interpreta el mundo circundante y a sí mismo.

Este fenómeno, propio de nuestra especie –y con el ímpetu de Eros en nuestro corazón– dio como resultado un saber teórico y Tehoria quiere decir “mirar”, es vida contemplativa. Aquí se origina la filosofía, la religión, la política y la ética.  Todo el saber –que no es más que la audacia de Eros de procrear en la sabiduría– es un intento de leer correctamente la inagotable realidad. Pero esa lectura nunca es literal; no hay saber exhaustivo, por el contrario, sólo se logran modelos posibles de  la realidad. Por tanto –y aquí comienzan las paradojas de nuestra condición de intermediarios y deseantes– nuestra existencia en el planeta depende de lo ajustado de los datos que nos aporten tales modelos y de lo acertado de las predicciones científicas.

El deseo no nos encierra en nosotros mismos; más bien, por ser una carencia, una falta, se transforma en fuerza de búsqueda. El deseo nos transporta fuera de nosotros, es una abertura al mundo.

El tema del deseo –que se inicia con Platón–, abordado por Freud, no ha sido indiferente a la filosofía. Paul Ricoeur sostiene que el  deseo no nos encierra en nosotros mismos; más bien, por ser una carencia, una falta, se transforma en fuerza de búsqueda.  El deseo nos transporta fuera de nosotros, es una abertura al mundo, pura intencionalidad. Nuestro cuerpo, atravesado por ese impulso deseante, se desborda a sí mismo e intenta alcanzar lo buscado. El cuerpo, “carne de deseo”, como lo llama Ricoeur, no nos encierra en nuestra corporeidad ni nos hunde en el pecado, como creyó en nuestra cultura occidental; por el contrario, nos proyecta hacia lo otro deseado.

El cuerpo, pobreza heredada de Penía, es el nexo con el mundo que nos rodea. Sin embargo, he aquí una nueva paradoja, es el cuerpo el que le pone una marca al sujeto humano, lo recluye en un espacio, un aquí, lo ata a la  temporalidad, le hace conocer el dolor y le promete la muerte. A su vez, como Poros, es portador de sentidos, autor de percepciones, está habitado por la inteligencia, nos abre al entorno; aun cuando sea el sello de la finitud, del límite. El cuerpo es el polvo que somos, según la palabra  bíblica. La opacidad del deseo, siempre latente, el ir de un objeto a otro sin sosiego, es sólo la prueba de nuestra condición finita, carnal, corpórea. Nuestro cuerpo es lo que nos clava a la tierra. Somos Adán, como dice el Antiguo Testamento y Adán quiere decir: polvo.

El deseo (Eros) del que habla Platón y la filosofía se inicia en el cuerpo; es deseo corpóreo por una razón muy simple: somos una especie entre otras especies vivientes. Somos cuerpo, pero no sólo cuerpo. Es el gran misterio que cobija la condición humana. Ahora bien, por su estructura deseante el hombre conlleva una permanente aspiración a trascender lo sensible; y junto a ello, ese mismo ímpetu a ir más allá de sí, lo empuja hacia otras latitudes. Ya no le basta hablar, calcular, reflexionar sobre el mundo que lo rodea; ya no le basta la ciencia, la poesía, la religión, la filosofía; digno hijo de Poros, audaz y seductor, desoyendo la voz de la razón y la prudencia, busca, más allá de lo perecedero, lo permanente, lo eterno.

A lo largo de la historia se descubre el itinerario de sus audaces pretensiones que no fueron sólo físicas –como el intento de volar o de escapar a su destino temporal y finito-; sino también espirituales. Y esa audacia del espíritu lo conduce a la búsqueda de un fundamento, en pos del cual, llegó a creer que la plenitud de lo divino era el perfecto refugio de su condición itinerante. Esa búsqueda –que puede ser ilusoria para algunos– es también inevitable. Lo valioso de ella es que ha puesto en marcha la potencia creadora de los hombres, que ha motorizado una búsqueda sin fin. No importa si no se encontró demasiado al cabo de ese periplo; dignos hijos de Poros y Penía, por tanto mediadores entre la pobreza extrema y la abundancia, nuestra existencia es pura fuerza deseante. Eros es el ingrediente de todo proyecto humano.

Con los recursos inagotables de la inteligencia y de la astucia, los hombres han inventado este mundo poblado de música, de poesía, de obras de artes, de ciencia, de técnica, de filosofía, de leyes, de instituciones.

El deseo es la condición para ser hombres. En el vano intento de alcanzar la morada de los dioses con la palabra, los hombres, como Ícaro, queman sus alas contra el sol y se precipitan al vacío. Por incompletos y finitos, la palabra es guía del deseo; engaños y astucias cobran vida también en ella. Para salvarse el hombre engendra –en la sabiduría y en la belleza– la cultura.  Con los recursos inagotables de la inteligencia y de la astucia, los hombres han inventado este mundo poblado de música, de poesía, de obras de artes, de ciencia, de técnica, de filosofía, de leyes, de instituciones.

Hay un deseo, sin embargo, al que no satisfacen las cosas del mundo ni le basta la palabra: el deseo de plenitud. Y aquí estamos en los bordes del lenguaje: el enigma. Hace falta una palabra para nombrar lo sagrado, dice el poeta. Esa palabra no acierta a ser pronunciada nunca y, entonces, el lenguaje se hace silencio. Es el símbolo de la mutilación de Ícaro; cae al mar cuando sus alas se desprenden porque no resisten la cercanía del fuego sagrado. Los hombres desean conocer a los dioses: nunca verán cumplido ese deseo. Aún así, de polvo como Adán, deseantes como Eros, inventamos subterfugios para sobrevivir habitados por un inclaudicable  deseo de plenitud y eternidad.

Artículo por:

Dra. Cristina Bulacio

Dra. Cristina Bulacio
Doctora en Filosofía. Profesora Titular Consulta Universidad Nacionl de Tucumán.Investigadora, Ensayista. Presidenta de la Academia de Ciencias morales, jurídicas y políticas de Tucumán. Profesora de Seminarios de Posgrados en universidades argentinas y extranjeras. Directora de Tesis doctorales y de Maestría. Miembro de Honor de la Universidad San Pablo Tucumán. Autora de libros: Como el rojo Adán del Paraíso (ensayo de Antropología filosófica) Antropología y arte, Los escándalos de la razón en J.L.Borges,De Laberintos y otros Borges,Dos Miradas sobre Borges (Bulacio-Grima). Compliadora de libros y autora de numerosos artículos en Revistas nacionales y extranjeras. 

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