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De fracturas personales y colectivas y el arte de su reparación

Miami

Por Ainara Mantellini

De fracturas personales y colectivas y el arte de su reparación | Letra Urbana
Foto: Rodrigo Valero

El kintsugi es una técnica japonesa que repara fracturas de cerámicas con polvo de oro, para mostrarlas como parte de la historia del objeto y embellecerlo. En Fractura, Neuman traslada este concepto artístico a las cicatrices que marcan hombres y países por igual.

Andrés Neuman es cálido y cercano, y está dispuesto a conversar. Prácticamente de inmediato, y como no disponíamos de mucho tiempo, entramos en materia y me permitió sin más lanzarnos de cabeza al tema de su novela. Andrés tiene mucho que decir: lo hace a lo largo de su última novela, Fractura, – un relato que aglutina todas esas cosas que pueden pasar en una vida entera: hechos históricos que ocurren en diversos lugares del mundo, disímiles posiciones en la vida, distintos amigos, diferentes trabajos, otras ciudades del mundo y una variedad de situaciones familiares y afectivas. Pero todo hilado por un tema común: la fractura.

La fractura, ese momento gigante y hermoso de un antes y un después: que ocurre cuando justamente hay una línea de corte que puede ser una cicatriz, una herida cualquiera o una fractura en una torre de un centro nuclear. Y así el libro comienza con Yoshie en un terremoto. Pero el libro habla de muchas fracturas; personales y nacionales. Y de cómo, no solo el individuo sino las sociedades, se recomponen o no de ellas. ¿Qué nos cuentas de esto como punto de partida de tu creación?

Bueno, coincido mucho con tu análisis y lo suscribiría en cuanto a las funciones de las múltiples cicatrices y, digamos, el desarrollo de fracturas, algunas visibles y físicas, otras metafóricas e invisibles, y otras incluso de orden histórico y colectivo. Fracturas en objetos y personas, en lugares y en espacios y también, fracturas que se comunican a lo largo del tiempo en forma más o menos traumática.No creo que las novelas tengan un comienzo unívoco; me parece que toda novela parte de una suma de inquietudes que en algún momento confluyen y hacen catarsis.

Son fracturas por lo tanto padecidas colectivamente. La novela se comporta con una especie de estructura de círculos concéntricos. La imagen de la que yo partí imaginariamente era muy japonesa, muy del haiku: una piedra que cae en el estanque. Y quizás te diría siendo más exactos: una piedra que cae en el estanque mientras estamos de espaldas, y al volvernos lo único que vemos son las ondas que se van acercando hacia nuestra orilla. Necesitamos averiguar qué cayó y por qué y quién lo tiró.

“Nada pasa en un solo lugar, todo pasa en todas partes”, piensa Watanabe el protagonista de Fractura.  Y Andrés lo entiende y da un trazo universal a su relato conectando individuos, personas, gentilicios y países que terminan por verse todos tocados por las fracturas del “otro”, por la experiencia del otro. Así las bombas de Hiroshima y Nagasaki dejan de ser hechos aislados para convertirse en un componente recurrente en Occidente, y a su vez, las revoluciones, las dictaduras y los desaparecidos de Occidente se hablan con quienes desaparecieron en Oriente. La cicatriz de un personaje encuentra consuelo en la fractura del otro.

La piedra sería el epicentro y las ondas alcanzarían nuestra orilla estemos donde estemos. Fue uno de los puntos de partida. No creo que las novelas tengan un comienzo unívoco; me parece que toda novela parte de una suma de inquietudes que en algún momento confluyen y hacen catarsis. Entonces, una era mi obsesión por el kingtsugi, sin duda, y sus aplicaciones, no a la artesanía, sino a las relaciones humanas, familiares, conyugales, políticas. Otro estímulo fue el accidente de Fukushima y la repetición espectral de la historia. Y otro es que yo esa explosión la viví por azar mientras estaba viviendo en París, potencia nuclear de Europa. No hay ningún país que haya hecho más pruebas nucleares en toda Europa que Francia. Y además fue un 11 de marzo, y el español que también soy por razones familiares, era muy consciente que era una efeméride extremadamente sensible, cosa que, para un argentino o un venezolano, no. Entonces de pronto me di cuenta de que era un argentino con memoria española viendo un accidente japonés en Francia. Una forma de enhebrar esos espacios era inventar un personaje que vehiculase todo eso y que fuese un personaje, no solamente nómada, sino fantasiosamente ubicuo. Y las razones por las cuales se movía tanto este personaje tenían que ser profundamente universales y no menos nómadas: el amor, el dinero, la energía. Que son precisamente las tres fuerzas que no tienen patria.

Porque Andrés tiene la sensibilidad necesaria para sentir en él mismo que estamos hechos de todas las circunstancias (de todas las cicatrices) que experimentamos como propias. Y que este conglomerado de rotos y reparaciones se extrapola a la colectividad y a las naciones. Y así, la vida de un individuo puede contar la historia de muchos individuos.

No soy japonés ni pretendo serlo, no tenía sentido para mí hacer una novela exotista sobre las tradiciones japonesas, samuráis y ceremonias del té. No soy la persona adecuada para hacer eso. Pero me interesaba el proceso de traducción que implicaba la comparación de Japón siempre con otra cosa. No es Japón en sí. Es, ¿qué tienen que ver los hibakusha con los desaparecidos en Argentina[1]? Me parece que el kingtsugi es una refutación práctica de que ningún individuo, ninguna colectividad puede en su sano juicio elegir entre mirar atrás y seguir adelante porque ambas cosas son radicalmente imprescindibles. ¿Qué tiene que ver el tratamiento de la segunda guerra mundial en Japón con la guerra civil en España? ¿Cuál es la diferencia respecto a la incomodidad con respecto a la bomba atómica en los Estados Unidos y en Japón?  ¿Qué tiene que ver ese no querer recordar ciertos aspectos de la Segunda Guerra en Francia con Japón? Y esto después materializarlo, no en términos intelectuales e historiográficos, sino emocionales: ¿cómo se entienden un japonés y una francesa, un japonés y una argentina? ¿Qué tienen que decirse dos personajes que se enamoran y no comparten idioma?

Y además, ¿qué tienen que decirse las cicatrices de uno con las cicatrices del otro?

Justo. En el caso de Lorrie, es justo eso. Esto se produce de manera literal porque ella tiene una cicatriz en su pecho y él tiene las cicatrices en la espalda y en los brazos. Y al reunirse forman una especie de árbol y se completan entre sí. A veces son cicatrices que se unen desde el punto de vista físico y otras veces, en el caso de Mariela, por ejemplo, que también es exiliada, la cicatriz ahí puede ser no solamente una dictadura, sino que la cicatriz es la que deja el abandonar tu lugar. Entonces, él va midiendo, comparando y traduciendo cicatrices de distinto nivel con cada historia de amor que tiene.

Hablemos de la fractura – nación: Japón: que justamente sufre esta doble bomba (Hiroshima – Nagasaki) y que se levanta más tarde centrándose en lo nuclear; justo en lo que los fracturó.

Parece una metáfora de la humanidad. De nuevo nos pone junto a lo más atroz y lo más admirable y resiliente de la humanidad. Lo más atroz por una especie de, por un lado, masoquismo que el Estado japonés ejerce, y por otro lado del sadismo americano que, no contento con haber tirado dos bombas atómicas, promociona la energía atómica en el único país habitado que las ha sufrido de verdad. Creo que lo que yo puedo aportar es precisamente hacer una especie de narrativa deconstruida o de cuestionar bien ciertos roles masculinos.  Es un ejercicio interesante para mí como escritor y como narrador, pero también como hombre decir, ¿qué pasa si una mujer habla en mi nombre? Hay algo de aprender a convivir con lo atroz, que es la parte resiliente… Nada más japonés que resurgir de las cenizas. Me parece que Japón es un ejemplo extremo de procesos históricos que todo país ha tenido que pasar.

Y eso lo podemos ver también en los desaparecidos de Argentina y en la guerra civil española, y lo que fue digamos “el olvido” – esa idea de bueno, de aquí en adelante vamos a hacer borrón y cuenta nueva y vamos a volver a surgir como sociedad.

Que todo país tiene ese tipo de disyuntiva y por eso me fascinaba lo del kingtsugi. Porque creo que todo país se enfrenta en general a una dicotomía artificial de su historiografía que les va a imponer a los ciudadanos la presunta elección entre mirar atrás o seguir adelante. Y el kingtsugi es como una especie de refutación maravillosa de esa dicotomía porque un objeto bien reparado mediante esta técnica no es un objeto nostálgico o retrospectivo. Es un objeto que vuelve a la utilidad hoy. Es decir si tú reparas un cuenco, ese cuenco vuelve a albergar arroz, esa taza vuelve a contener líquido, o sea que es devuelto al presente y al futuro, pero sin olvidar nunca lo que le sucedió. Me parece que el kingtsugi es una refutación práctica de que ningún individuo, ninguna colectividad puede en su sano juicio elegir entre mirar atrás y seguir adelante porque ambas cosas son radicalmente imprescindibles.

A Yoshie Watanabe lo conocemos de la mano de 5 voces: un narrador y 4 amantes. Un conjunto de voces que relatan su propia impresión de Yoshie, del Yoshie que fue con cada una de esas voces. Un rompecabezas de Yoshie que el lector termina de armar para encontrar la esencia del personaje. ¿Y es que acaso no somos así todos los individuos? Una persona distinta en cada circunstancia de la vida, una persona distinta para los otros, y sin embargo una misma persona. Somos fragmentos de nosotros mismos todo el tiempo.  

Vamos a los personajes y las voces de la historia. El reto como escritor de describir a Yoshie desde cuatro voces que no son Yoshie y además las 4 voces son femeninas y bien diferentes entre sí. Esta idea de Yoshie como un solo personaje, así como todos somos una sola persona y sin embargo hemos sido diferentes cada vez, dependiendo de con quién nos relacionamos en qué momento de nuestra vida…

Por un lado, como bien has dicho, todas las personas son un prisma y lo que necesitas es simplemente distintos observadores e interlocutores que manifiesten esas distintas caras. Y he ahí por qué viajar o leer es tan importante: porque si no, desatendemos caras de ese prisma que incluso sus propios dueños ignoran. Necesitamos darnos la posibilidad de ser leídos por gente o contextos diferentes.estamos en un momento histórico muy de subdivisión y compartimentación de las generaciones. Y me parece que la narrativa siempre ha cumplido la función de compartir mitos y de unir a pueblos y gentes muy distintas a través de unas narrativas comunes.

Pero además hablábamos del trauma: lo interesante es que él tiene una especie como de cicatriz indecible que solo puede ser dicha en la medida en que la dicen otras personas. Estas 4 mujeres no son solo sus ex. Son las narradoras de lo que él no puede decir. Ellas le dan palabra a él. Y esto a su vez es una maniobra que a mí me interesaba desde un punto de vista anti patriarcal, porque la cuestión no es solamente personajes femeninos sí o no, el asunto es quién tiene el poder. No es lo mismo un personaje femenino narrado desde un punto de vista masculino, directa o indirectamente, que aquí que hay como una especie de personaje masculino vulnerable que finge estar en el centro pero está totalmente en dependencia de cómo lo miran, lo fantasean, lo malinterpretan, lo desean ellas. Él es fruto de ellas: de la palabra y la mirada de ellas. Me parecía que había una inversión de rol interesante: en vez de la mujer construida por narrativas y miradas masculinas, me parecía interesante hacer lo contrario. No solamente yo escribir en primera persona femenina sino someter al personaje masculino a lo que tantas veces hemos sometido a personajes femeninos.

Entonces son dos retos: el reto estilístico de tú poder tomar esa palabra femenina y hacerla verosímil y el reto de decodificar lo patriarcal mediante la creación del personaje.

Justo. En cuanto a lo primero es una técnica muy antigua que tiene que ver con la ventriloquía y la actuación. Es decir, desde el principio de los tiempos el teatro se creó con hombres disfrazados de mujeres porque las mujeres no podían actuar. Entonces, todo el teatro clásico, a veces lo olvidamos, pero en mitad del momento más candente del patriarcado, y en pleno barroco, había un montón de señores disfrazados de mujeres. Entonces, siempre hay un ejercicio de aprehensión de una voz que no es la tuya. Ahora claro, a mí me interesa mucho leer sobre feminismo, lo llevo haciendo toda mi vida, me relaciono con gente que está implicada en ese movimiento teórica y activamente. Yo siento que mi aportación a eso no es tanto la teoría o el “mansplaining”. Creo que lo que yo puedo aportar es precisamente hacer una especie de narrativa deconstruida o de cuestionar bien ciertos roles masculinos.  Es un ejercicio interesante para mí como escritor y como narrador, pero también como hombre decir, ¿qué pasa si una mujer habla en mi nombre? ¿Qué pasa si yo construyo una mujer que me represente a mí igual que Borges se supone que representa a sus lectoras intelectualmente? Entonces me parecía que era interesante jugar con la universalidad de la voz femenina y que también tiene que ver de última con un momento de mayor liquidez de género. Tiene que ver con relativizar la esencialidad de nuestros roles de género, y no solo de género sino otra cosa, que es lo último que te quería decir, que es la generacional, que no es menos importante. Igual que me interesa los experimentos con los géneros, me interesa también los experimentos con las generaciones.

¿Te refieres al momento histórico de cada una de esas voces?

No, no solo eso. Eso también era importante; me refiero a la edad. Es decir me interesa mucho que las historias que escribo terminen conectando a generaciones distintas. Yo tengo menos edad que todos esos personajes. Yo me estoy comunicando con la generación de mis padres y mis abuelos a través de esas narraciones. Hay un solo personaje de mi generación aquí que es Pinedo, el periodista. Es como una especie de testigo y observador. Es un enlace entre los personajes y yo. Todos los demás personajes no son de mi generación. Y a mí me gusta de pronto emocionarme con este ancianito, que está entre mi padre y mi abuelo en cuanto a edad. Entonces creo que también es interesante, igual que se cuestionan las barreras de género tratar de hacer una literatura trans-generacional. Porque estamos en un momento histórico muy de subdivisión y compartimentación de las generaciones. Y me parece que la narrativa siempre ha cumplido la función de compartir mitos y de unir a pueblos y gentes muy distintas a través de unas narrativas comunes. Y me parece que ahora eso, salvo las series, no hay nada que lo esté haciendo.

Me interesaba mucho contar entonces una vida entera y empezar en orden cronológico, con el primer amor, pasar al que es ya mi pasado, transitar hacia la segunda edad del amor que sería ya un proyecto de pareja de convivencia, haber tenido al menos una ruptura, la tercera fase que es muy interesante que coincide con Argentina que es cuando te vas a vivir con alguien y con su pasado, que estás en una casa que fue habitada por otras personas, convives con hijos quizás que no son tuyos…  Y la cuarta fase que es el amor en la edad de jubilación.

Al final de la historia, Watanabe camina al aire libre en una noche de primavera.“Y, por primera vez en mucho tiempo, siente que tiene tiempo”. Pero el tiempo que teníamos Andrés y yo se terminó con tanto más por decir. Solo nos dejó un final abierto, del que Andrés dijo: “Un final abierto es la mejor garantía de que seguiremos hablando”.

[1] Andres Neuman, escritor hispano-argentino. Pasó su infancia en Buenos Aires y emigró con sus padres y hermano a Granada, donde terminó de criarse.

Artículo por:

Ainara Mantellini
Ainara Mantellini es licenciada en Letras, egresada de la Universidad Católica Andrés Bello en Caracas. Cursó estudios de posgrado en Literatura Latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar en la misma ciudad. Reside en Miami desde hace 17 años, donde ha desarrollado su carrera en Comunicaciones. Ainara colabora promoviendo la literatura en español en Miami y por los últimos 12 años se ha desempeñado como moderadora del Grupo de Lectura que actualmente funciona en la biblioteca de Coral Gables. 

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