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Cutting: una práctica de nuestro tiempo

Buenos Aires

Por Mirta Goldstein
Cutting: una práctica de nuestro tiempo | Letra Urbana

Cuando los jóvenes tajean sus cuerpos despiertan el horror de los adultos. Atravesado ese umbral, surgen las preguntas sobre el fenómeno. Detenerse a pensarlo implica también considerar el contexto cultural en el que se produce, su relación a la los efectos de segregación y a la angustia de los jóvenes. ¿De qué se trata esta práctica contemporánea? ¿Cuál es el papel que tienen los grupos y las tribus urbanas a la que casi todos los adolescentes se afilian? ¿Qué valor alcanzan estas mutilaciones?

Si el texto sintomático de un sujeto no es leído por alguien amoroso y protector, o si es leído con indiferencia, lo cual equivale a que no haya lector ni protector,  entonces la acción se vuelve compulsiva.

¿Por qué el cutting o tajearse, principalmente los miembros, es una práctica de nuestro tiempo? Primero porque no hay fenómeno humano que esté aislado del contexto social, con lo cual debemos prestar atención a aquellas características culturales que pueden desencadenarlo. No hay texto sin contexto, no hay síntoma sin Otro. Si el texto sintomático de un sujeto no es leído por alguien amoroso y protector, o si es leído con indiferencia, lo cual equivale a que no haya lector ni protector, entonces la acción se vuelve compulsiva.

La práctica de tajearse es un fenómeno de la juventud y de tribus, o sea de los jóvenes que se agrupan y concentran en espacios predeterminados para excluirse de su contexto y a la vez alcanzar presencia en ellos, es decir, de algún modo conseguir estar presentes en la escena del mundo, reincorporarse a alguna escena desde la cual sentir el cuerpo como propio.

Observamos que estos jóvenes se sienten extraños y extranjeros dentro de sus referentes cercanos: la familia, la escuela, las instituciones porque no se puede escuchar, ni absorber, ni asimilar lo que ellos intentan expresar.

Por otra parte es una práctica de nuestro tiempo en tanto la cultura profundiza los aspectos segregativos de los lazos sociales: rechazamos al pobre, al discapacitado, al triste, el feo. Y todo hecho de segregación genera universos donde lo que quedo fuera se concentra. Las tribus urbanas y suburbanas son grupos que se unen para identificarse, para inscribirse de alguna manera en el sistema de vinculaciones, para obtener un nombre: los punk, los emos, los dark, etc. y para mostrar sus diferencias y sus desacuerdos, sus vivencias y sus rebeliones. Se sienten a la vez víctimas y victimarios: víctimas de la sociedad y victimarios de otros grupos, otras identidades y hasta de sí mismos.

La violencia contra sí mismo es característica de las sociedades en las cuales ser diferente es ser inadaptado o en las en las cuales la competitividad es una virtud, luego quien no quiere o no puede estar a la altura de las exigencias siente que no hay espacio social para él.

Estos jóvenes experimentan -desde muy temprana edad- una amenaza en su supervivencia física y psíquica sin posibilidad de comprometerse en actos concretos de defensa y de lucha. Es un segmento de la juventud que vive trágicamente el presente, se anticipan a la posibilidad de la pérdida de un futuro y hasta muchas veces rompen con las redes de contención afectiva logrando no tener recursos de sostén. Muchos se aíslan y otros se encierran dentro de las tribus o gracias a las tribus y este sentimiento de extranjería proviene desde la más temprana infancia.

Tajearse supone el deseo de marcar un corte con el sufrimiento, con el dolor de existir, con los conflictos y por ello ese tajo es una huella de la angustia. Al mismo tiempo ese dolor se vuelve contra sí mismo: cortarse, tajearse es una mutilación acotada, circunscripta a una parte del cuerpo: los brazos por ejemplo. Pero no basta una marca para que algo se escriba, debe reiterarse una tras otra, tras una, tras otra, sin que puedan armar una serie que se nombre y que nombre al sujeto, sin que puedan limitar el padecer.

Estos jóvenes experimentan -desde muy temprana edad- una amenaza en su supervivencia física y psíquica sin posibilidad de comprometerse en actos concretos de defensa y de lucha. Es un segmento de la juventud que vive trágicamente el presente, se anticipan a la posibilidad de la pérdida de un futuro y hasta muchas veces rompen con las redes de contención afectiva logrando no tener recursos de sostén.

La pareja víctima-victimario puede leerse como la oposición aterrado-terrorífico, entonces niños y adolescentes aterrados expresan su angustia aterrando a los adultos: padres, maestros y funcionarios. Los adultos aterrados se vuelven impotentes y a la vez tratan a los hijos y a los estudiantes como terroríficos: les tienen miedo por lo cual, cada vez más, flaquean los límites y la contención que el adulto es responsable de ofrecer. El sentimiento de desamparo se acrecienta cuando esta intervención del adulto, necesaria en la infancia y la adolescencia, no llega suficientemente a tiempo.

Cuando la palabra de amor y el respeto se ha cortado, los cortes y agujereamientos delatan esa ausencia. Por esta razón los analistas ponemos en serie los fenómenos homólogos: tatuajes, piercing y tajos. Estas acciones se escriben en el cuerpo; el cuerpo se convierte en una superficie donde escribir lo que el sujeto no puede elaborar ni intelectualmente ni emocionalmente; se escribe como un texto sin lector. En los tres casos el impulso a escribir el sufrimiento genera que se deje de sentir el dolor que estos actos en sí mismos producen en cualquier individuo.

Los testimonios son elocuentes: una adolescente dice no haber sentido dolor al agujerearse la lengua; un joven con tatuajes en casi todo el cuerpo hechos casi simultáneamente, no recuerda las molestias ni ninguna percepción de lo acontecido.

La pérdida del dolor físico y de las percepciones sensoriales, como olores, sangre, etc. revelan el estado psíquico de entrega absoluta del sujeto cuando ellos ocurren. Este déficit de la sensibilidad forma parte de la melancolización de los jóvenes, el detrimento del deseo de vivir, y al mismo tiempo los cortes son un intento de salir de ese estado melancólico.

A la par que el cutting supone un deseo de cortar con el daño psíquico que causa sufrimiento, de mostrar ese daño al Otro indiferente, también es un intento de recuperarse del dolor.

El cazador marca en su fusil las presas conseguidas; el niño escribe con palotes sus primeras escrituras; cuando no hay alfabeto para expresar la angustia y el dolor psíquico, las marcas en el cuerpo, heridas que alcanzan distintos grados de profundidad, constituyen un intento desesperado de dejar testimonio del padecimiento y de demandar que alguien lea ese testimonio.

La serie que ubicamos desde el tatuaje hasta el cutting, muestra que la escritura sobre la superficie corporal es cada vez más intensa, más cruenta, más desconcertante. A contrapelo del body art, por el cual la escritura alcanza la belleza, el cutting diferencia al joven excluyéndolo al círculo de los ocultamientos.

El sentimiento de desamparo se acrecienta cuando esta intervención del adulto, necesaria en la infancia y la adolescencia, no llega suficientemente a tiempo.

Algunas escrituras encuentran espacio social; por ejemplo los blogs nacieron de la urgencia por dar a conocer los sentimientos más íntimos. Otras, como las prácticas del tajeamiento del cuerpo se incorporan a la cultura desde la desesperación y la desesperanza de encontrar quien se haga cargo del desamparo de existir.

Si bien estas acciones prevalecen entre los adolescentes, se extienden rápidamente y se incluyen en ellas todos los individuos que por algún motivo inconsciente no logran sentir su cuerpo como perteneciente a los lazos de amor y solidaridad.

La mirada y la palabra de amor, le dan al sujeto pertenencia afectiva consciente e inconsciente.

Artículo por:

Mirta Goldstein

Psicóloga, psicoanalista, especializada en conflictos sociales y culturales. Buenos Aires. 

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