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Crecer en la cultura del consumo

Córdoba

Por Liliana González

Crecer en la cultura del consumo | Letra Urbana
Foto por Mostafa Meraji en Unsplash

¿Cuál es el precio que pagan los niños y adolescentes por estar sumergidos en la cultura del consumo? La paradójica vivencia de insatisfacción que vivimos cuanto más consumimos.

El avance científico y tecnológico a una velocidad sin precedentes marca nuestra época, signada además por un profundo cambio de valores.

Para muchos, hoy ser alguien pasa por tener. Soy si tengo, y si lo que tengo es de marca, soy más. El imperativo es consumir y la vivencia de insatisfacción se generaliza.

Niños, jóvenes y adultos estamos sumergidos en la cultura del consumo, montada inteligentemente sobre un concepto crucial: El deseo humano es estructuralmente insatisfecho, no se satisface del todo jamás y se activa por la presencia de algo que nos falta, y como siempre algo nos va a faltar hay que seguir comprando y consumiendo.uno de los mayores peligros de la cultura del consumo, producir insatisfacción en los que tienen y violencia en los que carecen.

Si se me permite un juego de palabras podemos decir que compramos porque hay que re-novarse, verse nuevo, y para eso hay que adquirir algo que esté de moda para verse actualizado. Como nuevo. Esto promueve la renovación por la renovación misma.

En todas las épocas hubo elementos que a manera de emblema o uniforme nos hacían sentir parte del grupo social: chatitas, pantalones oxford, maxi-tapados, jeans, etc. La diferencia en estos tiempos que corren es que las cosas tienen una presencia fugitiva, evanescente, perecedera. Todo parece hecho para que dure poco y la falta, el vacío, se vuelve a presentar y hay que volver a comprar.

Para los que tienen posibilidades económicas, se transforma en una especie de círculo vicioso donde nada parece frenar la necesidad de tener. Para los que apenas sobreviven, esto se vuelve una vidriera perversa, inaccesible.

Escuché decir a un chico en situación de calle: “Por la publicidad puedo ver todo lo que podría tener y en la televisión aprendo como obtenerlo”. Este es uno de los mayores peligros de la cultura del consumo, producir insatisfacción en los que tienen y violencia en los que carecen.

Es común ver niños rodeados de objetos y juguetes, pero repitiendo “Estoy aburrido”. Y es que el juego se garantiza no por el juguete sino por el deseo de jugar, y si eso está cualquier objeto se transforma en lúdico.

Mientras más complicado y sofisticado es el juguete menos espacio para el juego simbólico y creativo. Nuestros niños nacieron en la cultura de la imagen, las pantallas los estaban esperando. Gracias a ella acceden como en un inmenso escaparate a todo lo que podrían tener y eso los coloca desde muy pequeñines  en posición de consumidores. Demandan y a veces tiránicamente.el juego se garantiza no por el juguete sino por el deseo de jugar, y si eso está cualquier objeto se transforma en lúdico.

Hoy, la palabra espera ha perdido vigencia, todo tiene que ser ya. Muchos padres ausentes por la hiperocupación y llenos de culpa por no poder estar con sus hijos cubren las ausencias con objetos, regalos que supuestamente los harán dichosos, con lo que se desvirtúa el amor y la felicidad.

Como esta actitud va casi siempre acompañada por la dificultad para poner límites, el resultado pueden ser niños súper demandantes, casi pequeños déspotas, pretendiendo vestirse o divertirse a la manera de los mayores, quemando etapas, y lo que es peor, absolutamente convencidos que por tener más son más.

Mami, papi, ¿qué me trajiste?, pregunta el niño al regreso de nuestro trabajo. Obviamente está acostumbrado a que algo se le traiga y a enojarse mucho cuando eso no sucede.

Un regalito imprevisto es siempre recibido con la alegría de la sorpresa inesperada. El problema es cuando se hace rutina y lo que al principio era una excepción se transforma en una esclavitud: hay que comprar algo si no queremos berrinches. Además, lo que se repite y abunda pierde interés y valor.

El tiempo que nos lleva el trabajo, el estudio o cualquier actividad no se reemplaza por cosas compradas sino por ratos compartidos, aunque sean breves, pero de verdadera presencia ofreciendo la mirada, la escucha, ofertando un juego y quizás haciéndole cobrar vida a esos juguetes por ellos descartados.

Al llegar a la adolescencia, la ropa, el maquillaje, los adornos son un tema crucial para ellos. Pero ¿sólo para ellos? ¿Qué importancia tiene para la sociedad actual la forma de vestirse, los objetos que adornan, lo que cubre o descubre la figura?El problema es cuando se hace rutina y lo que al principio era una excepción se transforma en una esclavitud: hay que comprar algo si no queremos berrinches.

Los cuerpos están producidos siguiendo los parámetros estéticos que dicta la publicidad, dietas, gimnasios, cirugías, implantes, tatuajes. Cuerpos cuidados hasta el extremo de caer en patologías graves como la anorexia, bulimia, autolesiones, depresión y suicidios.

La ropa es una extensión de la piel. Es un hábito que viene del latín habitus. La ropa tiene que ver con el especial modo de habitar un cuerpo “El hábito hace al monje” dice el dicho popular, el que usa determinado tipo de ropa está comprometido con ella. Ropa y modo de vivir se integran, dan una señal de cómo es la persona. El estilo posibilita o no el acceso a determinados lugares.

“Bichos” raros o rebeldes, los adolescentes intentan diferenciarse del resto, provocar la mirada, el comentario, la reprobación o la curiosidad. Paradojalmente lo que eligen para diferenciarse, para localizarse como distintos, los captura en una moda que los vuelve iguales entre sí.

El sometimiento a la moda termina esclavizándolos a determinada imagen comercial o publicitaria buscando ser únicos y especiales. La apariencia pasa a funcionar como signo de pertenencia o exclusión.

Las grandes ciudades se volvieron el reducto de la cultura del consumo, donde se entremezclan los sueños con las mercancías y los cuerpos en constante mutación; donde la búsqueda de lo nuevo hace que se consuma cada vez más, se cambie una y otra vez de estilo que ellos se empeñan en elegir  ya que no lo absorben por tradición ni por consejos familiares – no serían adolescentes.

Lo que está en juego es la construcción de la identidad y en esta etapa, a diferencia de la infancia, los otros, los pares, pesan más que los modelos paternos.

Tendríamos que preguntarnos ¿Tanta exterioridad va en contra de la interioridad?  ¿Centrar la felicidad en el parecer, en el tener, no es demasiado frustrante?

Si lo es, porque ese objeto codiciado, casi imprescindible para ser feliz, una vez obtenido, pierde demasiado pronto el valor y vendrá otro y otro, siempre de la mano de la insatisfacción

¡Qué importante distinguir las necesidades reales de las inventadas! ¡Qué necesario apelar desde muy pequeños a las posibilidades creativas para jugar sin depender del objeto comprado!

Padres y docentes tienen el desafío de acompañar los crecimientos ayudándolos a descubrir sus capacidades e inyectando humanidad en el encuentro con los otros, donde el ser sea más importante que el tener.

Artículo por:

Liliana González

Liliana González
Liliana González nació en Córdoba, Argentina. Profesora y Licenciada en Psicopedagogía 33 años de docencia en el nivel superior capacitando futuros psicopedagogos y educadores especiales Especialista en clínica de niños, adolescentes y orientación familiar. Autora de 10 libros de su especialidad Columnista en radio y televisión en temas educativos Ganadora del Santa Clara de Asís 2014 por su desempeño en los medios de comunicación. Galardonada con el premio Jerónimo Luis de Cabrera 2019. Córdoba 

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