Edición
45

Ciento volando de catorce

Miami
Cuando Joaquín Sabina juntó cien sonetos los echó a volar. Por primera vez se publica su libro en los Estados Unidos.

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Joaquín Sabina tiene el don de exponernos nuestro lado más oscuro y concedernos perdón. Nos permite pecar por impenitentes y nos convierte en santos. Su verso nos deja volar, pinta colores y otorga el derecho a gozar sin buscar excusas.

Con Sabina podemos salir estando dentro y sacudir el alma hasta dejarla despeinada. Podemos bailar sin música y recordar a los olvidados sin rencor o despecho.

Los versos de Sabina son borrachera sin alcohol, un viaje sin sustancias, una maleta donde caen las letras que juegan a formar palabras que, si acaso escapan, llevan la magia de una pura metáfora que arrulla.

“No son más que palabras, pero pongo
a mi enjuto cadáver por testigo
de que estoy solo, de que estoy contigo”

Sabina no necesita introducción. Su verso sienta presencia cuando el mundo se detiene, cuando vamos cuesta abajo y la razón traicionera nos da la espalda. Los que conocemos su música y su poesía ya sabemos qué esperar y a qué atenernos, pasando del momento más nostálgico, “así estoy yo sin ti”, al más surrealista con “el bastón de Charlie sin Chaplin”.

este libro recopila los poemas que Sabina escribió cuando estuvo fuera de los escenarios debido a problemas de salud. Seguramente soñaba despierto, saltando los muros de otro confinamiento…


Que la semana tiene ocho días, lo sabemos, pero bajo su lente se reduce a horas o progresa a meses, todo depende. Es indiscutible que los fanáticos del cantautor, estemos pendientes de cualquier asomo que implique algo nuevo extraído de su pluma salvaje y pérfida, maravillosa.

Y es la Editorial La Pereza, ubicada en Estados Unidos, la que lanza esta primera edición norteamericana de Ciento volando de catorce, por la cual estamos agradecidos. Aún diez años después de la primera edición, la lectura es siempre nueva, como se renueva en cada vuelta vivida lo atemporal de los sonetos sabinianos, siempre verdaderos, siempre urgentes.

Y este momento de pandemia, de encierro obligado y con la sensibilidad a flor de piel, es un momento que clama por poesía; porque razonar nos enloquece, porque como lo dicen sus versos, tal vez lo que necesitamos es “sancionar la inocencia del culpable, desaprender el código aprendido…pintar de azul los días laborables, exhumar las memorias del olvido”.

Según Sabina “los libros acaban con la soledad” porque permiten compartir “tantas vidas aventureras, extrañas y ajenas”. Y acordamos con él cuando desde el Instituto Cervantes dice que “No hay mejor remedio para el confinamiento”.

La primera edición de Ciento volando de catorce salió en 2001, cuando el poeta Luis García Montero animó a Sabina a publicar los versos que venía escribiendo desde los años 60 hasta el momento. La editorial española Visor, dedicada a publicar poesía, sacó la primera edición y García Montero escribió un prólogo que arma la alianza exquisita entre la prosa y los sonetos. El pequeño gran libro recopila varios de los poemas que Sabina escribió cuando estuvo fuera de los escenarios debido a problemas de salud. Seguramente soñaba despierto, saltando los muros de otro confinamiento, recordando la infancia, los amigos y poetas que hicieron su entorno del pasado al presente.

Ahora seremos nosotros los que soñemos con las alas de sus sonetos y aprendamos el arte de cortejar la tristeza con la soledad, mirándonos por el revés del espejo y recibiendo tal vez la bofetada de nuestra propia imagen, porque así es como los versos de Sabina nos confrontan con nosotros mismos.

No hay nada previsible en Ciento volando de catorce y, como en una de esas películas donde cada imagen sorprende más que la anterior, recibimos el mismo golpe de efecto.

La poesía de Sabina no se enmarca en un género específico. Sabe salirse de los patrones con habilidad y sin cortesía, meterse en los bares y las escuelas, revolcarse por encima y por debajo de las sábanas y burlarse de la doble moral. Por eso nos hace reír y llorar sabiendo escoger la noticia apropiada y nos hace distinguir entre el ignorante justo y el condenable.

Y citando el prólogo de García Montero, “las exaltaciones vitales de Joaquín no son castillos en el aire, sino la respuesta meditada a una experiencia colectiva”:

Este ya no camufla un hasta luego,
esta manga no esconde un quinto as,
este precinto no juega con fuego,
este ciego no mira para atrás.

Este notario avala lo que escribo,
estas vísperas son del que se fue,
ahórrate el acuse de recibo,
esta letra no la protestaré.

A este escándalo huérfano de padre
no voy a consentirle que taladre
un corazón falto de ajonjolí.

Este pez ya no muere por tu boca
este loco se va con otra loca,
este masoca no llora por ti.

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