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Atenas. Historia y baloncesto

Atenas

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Atenas. Historia y baloncesto | Letra Urbana

Lugares y memorias a través de un relato apasionante y no lineal.

Me encanta escribir historias de mis viajes. Viajes que vuelvo a disfrutar mientras los recuerdo para vosotros y que, seguramente, los plantearíais de forma diferente, aunque supongo que coincidiríamos en lo esencial: soñar con momentos inolvidables en ciudades lejanas -o no tanto- y, si es factible, intentar hacerlos realidad.

En esta ocasión he pensado en Atenas. ¿Cómo comentar mi periplo por ella? La he visitado en dos ocasiones ¿Describo mis viajes por orden cronológico? ¿Los intercalo? Comienzo sin más, que la redacción me vaya guiando. En mayo de 2007 mi equipo de baloncesto, Unicaja de Málaga, realizó una proeza, consiguió clasificarse para la Final Four de aquella temporada. Fuimos cerca de un millar los aficionados malagueños los que viajamos para presenciar in situ el torneo. Pero este es un artículo encuadrado en Espacio Urbano y por tanto intentaré centrarme en la ciudad y dejar los sentimientos deportivos para más adelante, así que relato el segundo día.

Nos levantamos temprano mi hermano y yo para ir a la Acrópolis. Ya, en el desayuno, me encontraba nervioso. La recordaba impresionante. Camino hacia ella atisbé a lo lejos El Partenón, fue entonces, por unos minutos, cuando sentí que el tiempo no había transcurrido. Me vi a mí mismo dos décadas atrás, en mi primera visita a Atenas, a mitad de recorrido de interrail por Europa. Entonces no había cumplido aún los veinte, era un joven ingenuo y soñador que había descubierto la magia del viajante en aquel verano de mitad de los ochenta. En ambas ocasiones donde más me demoré fue en la Acrópolis.

Desde su envidiable ubicación se puede ver el Odeón de Herodes Ático y pensé que en la próxima ocasión que visitara la ciudad no dejaría de asistir a algunos de los eventos que se celebran en el maravilloso teatro con diecinueve siglos de antigüedad. También desde las alturas observé el Ágora Romana por donde luego paseé entre las ruinas del antiguo foro o el Templo de Zeus Olímpico (Olimpeion) que visitamos por la tarde y comprobamos el enorme tamaño de las columnas, pude contar quince, y por lo visto esta impresionante construcción llegó a tener más de cien. Caminando por los alrededores vi los capiteles de las columnas corintias muy bien conservados. Cerca también está la Puerta de Adriano, que apenas se vislumbra desde las alturas.

Pero volvamos al inicio del día. Me asomé a uno de los miradores para ver frente a mi otra de las colinas: Licabeto. Una brisa me sacudió y me embargó la sensación de vivir uno de esos momentos inolvidables a los que me refería porque me trasladó a mi primer recorrido ateniense cuando, precisamente, desde el monte Licabeto, junto a la capilla ortodoxa de San Jorge, a la que llegamos con el funicular para ver el atardecer mientras arriaban la bandera griega, disfrutaba de las vistas de donde estaba aquella mañana, la Acrópolis. Fantaseé soñando que los dos Antonios se observaban desde las dos colinas más famosas de Atenas sin existir el tiempo ni el espacio, y se saludaban. Claro que la magia existe, sin duda alguna y la memoria ayuda, por supuesto, porque tiene la capacidad de transformar tus vivencias a tu antojo.

Fue mi hermano quién me sacó del ensimismamiento en el que había entrado para comentarme que no habían salido muy bien las instantáneas del Erecteion, que había muchos turistas alrededor, así que volvimos hacia el templo (en realidad son dos unidos entre sí) para volver a fotografiarnos en la Tribuna de las cariátides, esas columnas con forma de mujer que, en realidad, son copias.recorrimos el Museo Arqueológico, no podía irme sin deleitarme con la Máscara de Agamenón, el Diadúmeno de Polícleto o la Estatua de Poseidón. Aunque donde estuve un buen rato fue delante de El Jinete de Artemision, siento debilidad por ese bronce de hace veintidós siglos tan bien conservado.

Comimos en uno de los restaurantes de El Pireo, para degustar el pescado y el marisco de la zona, casi mojándonos con el agua del Egeo. Tras un descanso merecido y una sobremesa compartida con Pedro Barthe (el famoso periodista deportivo al que los seguidores de baloncesto en España seguíamos con entusiasmo hasta su pronta jubilación) continuamos nuestra repleta agenda: Zappeion; Plaza Sintagma, donde presenciamos el cambio de guardia ante el Parlamento a cargo de esos soldados, los evzones, tan peculiarmente ataviados (con túnica y falda, calzas blancas y zapatos con pompones); Estadio Panathinaikó, que se había renovado para los primeros Juegos Olímpicos de la era moderna. Estar frente a él, a su hermoso mármol y saber que es uno de los estadios más antiguos del mundo impone, y mucho.

No se puede visitar Atenas sin pasear por el Barrio de Plaka. Nosotros lo hicimos en varias ocasiones. Cenamos en uno de sus restaurantes repletos de seguidores de los equipos en liza (coincidimos con la familia de Prigioni, el base argentino del TAU Vitoria que precisamente este año debuta como su nuevo entrenador). El domingo nos perdimos en el laberinto de callejuelas para comprar regalos en sus  tiendas. Pero antes recorrimos el Museo Arqueológico, no podía irme sin deleitarme con la Máscara de Agamenón, el Diadúmeno de Polícleto o la Estatua de Poseidón. Aunque donde estuve un buen rato fue delante de El Jinete de Artemision, siento debilidad por ese bronce de hace veintidós siglos tan bien conservado.

Esta ciudad no es solo arqueología, historia y turismo. También es deporte. Doy fe de la grandiosidad del Pabellón del Complejo Olímpico (OAKA) donde se celebró la Final Four y donde pude vivir una sensación de plenitud, alegría y esperanza en sus gradas. Durante un buen rato me invadió la certeza de que me acordaría años después de esos momentos porque a falta de unos cinco minutos del primer partido, el Unicaja de Málaga estaba con opciones de superar al todopoderoso equipo ruso del CSKA y plantarse en la final. Pero la lógica se cumplió y no se consiguió. Aun así, quedamos terceros. Y, sobre todo, nos trajimos en la mochila unos días imborrables que, como han leído, dieron mucho de sí.

Artículo por:

Antonio Villalba Moreno

Antonio Villalba Moreno
Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Málaga. Vive en Málaga y trabaja como Técnico de Gestión en la Gerencia de Urbanismo de la misma ciudad. Colabora escribiendo en algunos periódicos digitales locales y en la Revista El Reverso. 

2 comentarios

  • Inmaculada González Navas says:

    Me ha encantado el recorrido por Atenas. No he ido, pero entre lo leido y lo imaginado con esa maravillosa narración parece que ya lo he vivido. Muy bonito!!

  • Ilde says:

    Leyendo tus recuerdos me asaltan los míos. Yo también estuve allí. Quizá, es probable, que muy cerca cuando aún no nos conocíamos. Viendo los partidos de la Final Four en un escenario inigualable y paseando por la ciudad entre miles de turistas. Quizá cenamos en el restaurante de al lado, o incluso en la mesa de al lado. Quizá estuvimos esperando a que el otro acabase de fotografiar el Partenón haciendo malabares para que la foto apareciera solitario y sin grúas que afearan su milenario aspecto. Buenos recuerdos deportivos y personales que de vez en cuando leo en unos escritos que estuve haciendo cada noche y veo en las fotografías que de allí me traje.
    La próxima vez habrá que examinar las fotos más concienzudamente, ¿quién sabe si una imagen auguraría nuestra futura amistad?

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