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A 50 años de Cien años: 29 pesos, o el valor de la literatura

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A 50 años de Cien años: 29 pesos, o el valor de la literatura | Letra Urbana
García Márquez por Arturo Espinosa

Anécdotas,leyendas y realismo mágico confluyen en la obra de García Márquez

Durante  la pasada Feria del Libro de Miami, y con motivo de los 50 años de la publicación de Cien Años de Soledad, obra cumbre del Premio Nobel colombiano, se presentó una edición especial del libro editada por Penguin Random House e ilustrada por la artista Luisa Rivera. Se llevó a cabo, además, el panel 50 años de Cien años de Soledad en el cual participaron el escritor Juan Carlos Botero, ganador del Premio Juan Rulfo; el doctor en Lenguas y Literaturas hispánicas, investigador y narrador argentino Pablo Brescia y Suzanne Jill Levine, renombrada traductora de literatura contemporánea latinoamericana y profesora en la Universidad de California de Santa Bárbara. Compartimos con ustedes la intervención de Pablo Brescia sobre la obra de García Márquez.

La marca registrada Gabriel García Márquez no sólo se asocia con la novela hispanoamericana de más reconocimiento entre la crítica y el público, sino que también es sinónimo, como lo saben sus lectores, de una variada gama de anécdotas. Como si fueran parte de la trama narrativa que une obra y vida, estas historias nutren la leyenda de Gabo: sabemos del hijo de un operador de telégrafo y de una hija de un coronel, criado por sus abuelos en Aracataca, pueblo costeño del Caribe de donde recoge del ambiente geográfico y de las historias de su abuela la materia prima para sus narraciones; “en cada rincón había muertos y memorias”, recordaría luego. Conocemos al entusiasta del cine que quiere ser guionista y viaja a Italia, pero vuelve desencantado de Cinecittá, en Roma, y se muda a México en los años sesenta para entender finalmente, como él mismo diría, que “no hay acto más espléndido de libertad individual que sentar[se] a inventar el mundo frente a una máquina de escribir”. Y nos enteramos del amigo de Mario Vargas Llosa que es sorprendido por una trompada del escritor peruano a la salida de un cine en Ciudad de México, trompada que alivia Elena Poniatowska poniéndole un filete de carne sobre el ojo maltrecho. No cabe duda que con estas anécdotas alguien compondrá una especie de Otros cien años de soledad, tal como si estuviéramos frente a la saga de Star Wars.

De todas ellas, elijo una a propósito de la novela a la que se le celebró su quincuagésimo aniversario en el 2017.

“no hay acto más espléndido de libertad individual que sentar[se] a inventar el mundo frente a una máquina de escribir”. Gabo ha acabado el manuscrito. Son 500 páginas. Con su mujer, Mercedes Barcha, llega a la oficina de correos de la Ciudad de México para enviarla a Buenos Aires al editor Francisco Paco Porrúa quien, por recomendación del escritor argentino Tomás Eloy Martínez, ha aceptado publicarla. El empleado pesa el libro, es decir, pesa la literatura.

Y dice:

—Son 82 pesos.

Los esposos se miran; buscan en sus bolsillos. Y uno de ellos, no importa cual, porque en ese momento son uno, dice:

—Apenas tenemos 53 pesos.

Imagino la mirada del empleado de correos mexicano, serio, de gesto adusto, aplicado a su trabajo de guardián infranqueable de la literatura. Imagino a Gabriel y a Mercedes, tensos, dubitativos, con cara de: ¿Y ahora qué hacemos?

Faltaban 29 pesos. Podríamos hacer dos preguntas básicas aquí: ¿cuánto vale una obra literaria? Que no es lo mismo que: ¿cuál es el valor de una obra literaria? Y así podemos seguir preguntando sobre el valor: ¿se mide en pesos mexicanos? ¿En tiraje de ejemplares? ¿En ventas? ¿O en ratos de felicidad y asombro de los lectores?

Podría haber sido el final. El matrimonio podía haberse dado media vuelta y regresado a su casa, para volver otro día o, tal vez, para no volver más. El empleado podía haber dicho que aceptaba el paquete igual y luego podía haberlo tirado a la basura (¿novela? ¿500 páginas? ¿Literatura? ¿Qué vainas son esas?, diría el mexicano en buen colombiano). Quizás, ese mismo empleado, en otro pasado alternativo, recogiera la novela prometiendo envío, y no la enviara nunca, encerrándose a leer y quedando atrapado en el mundo mágico creado por el García Márquez real. O, yendo un poco más lejos, tal vez todo es mentira y García Márquez fue un empleado de correos que recibió de un escritor ahora olvidado la novela de 500 páginas, avergonzó al cliente por no tener dinero suficiente y aprovechó esa humillación para hacerse del fajo de hojas que le daría fama inmortal.

La falta de dinero podría haber sido el final. Pero no fue el final. Gabriel y Mercedes pensaron rápido. Y resolvieron: calcularon y ¡mandaron la segunda mitad de la novela! Salieron ganando, porque sobraron 8 pesos. Los imagino yéndose a tomar un café.Cien años de soledad es una obra mítica que trata sobre una de un pueblo donde todo parece posible: seres más que centenarios, varones que procrean hasta la ancianidad, diálogos con espíritus, plagas y diluvios.

Lo otro es ya conocido: el 30 de mayo de 1967, la editorial Sudamericana de Buenos Aires publicaba Cien años de soledad. Se tiraron quince mil ejemplares que se agotaron en quince días, como para conservar la simetría. Traducciones a más de cincuenta idiomas, más de cien ediciones y cuarenta millones de ejemplares vendidos, el premio Nobel de literatura en 1982. Números fabulosos de una novela fabulesca.

Cien años de soledad es la saga fantástica de siete generaciones de la familia Buendía que pretende contar la historia completa del pueblo rural de Macondo, desde su fundación hasta que se la lleva un “huracán bíblico”. Tres círculos concéntricos la estructuran. En el primero aparece la biografía del coronel Aureliano Buendía: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. Noé Jitrik ha analizado brillantemente esta frase, definiéndola como la perifrástica productiva del futuro en la novela, es decir, el relato se cuenta en un presente más sin embargo es sobre un futuro inscripto en un manuscrito que lo predice. El segundo círculo es el de la familia Buendía, iniciada por José Arcadio y Úrsula Iguarán; como se sabe, son primos y temen que los hijos salgan monstruos. Esta dinastía que dura 100 años, hecha de machos colosales y mujeres histéricas (como Fernanda, la católica) o beatíficas (Remedios, la bella-inocente) impone a sus hijos el nombre de Aureliano —son más de veinte, con nombres como Aureliano Triste, Aureliano Centeno, Aureliano Amador; resultan ser hombres retraídos y de acción— o  el nombre de Arcadio —son cinco y varios de ellos llamados José Arcadio; estos hombres son impulsivos y soñadores. El tercer círculo que completa el armado narrativo de la novela lo constituirían Macondo y su historia. En un principio el único contacto con el mundo exterior se da con las visitas de los gitanos y su jefe Melquíades, quienes inician al pueblo en las “maravillas” del imán, el oro, el hielo. Pronto arriba el “progreso”: la llegada de un corregidor, la guerra civil entre liberales y conservadores, el ferrocarril, el cine, la instalación extranjera de una compañía bananera que se va y vuelve a dejar a Macondo en su aislamiento. Hacia el final, uno de los Aurelianos procrea con Amaranta Úrsula un hijo —el último Aureliano—, temiendo ser hermanos. Aunque ella es finalmente la tía, el niño sale con cola de cerdo. La madre muere y el padre se va. Cuando vuelve y ve al niño ya hecho un “pellejo hinchado y reseco que todas las hormigas del mundo iban arrastrando trabajosamente hacia sus madrigueras por el sendero de piedras del jardín” comprende el epígrafe de los manuscritos de Melquíades (en Sánscrito) que había estado tratando de descifrar: “El primero de la estirpe está amarrado en un árbol y al último se lo están comiendo las hormigas”. Iluminado, empieza a leer lo que es la historia de su familia y la historia durará lo que dure su lectura.

Cien años de soledad es una obra mítica que trata sobre una de un pueblo donde todo parece posible: seres más que centenarios, varones que procrean hasta la ancianidad, diálogos con espíritus, plagas y diluvios. Esto es parte del consabido término asociado a García Márquez, el realismo mágico que, según algunas lecturas, sería, por una parte, fruto del sincretismo cultural del mundo caribeño y, por otra, síntesis literaria de lo verídico (realismo) y lo sobrenatural (literatura fantástica), donde coexisten magia y realidad sin necesidad de justificación. Así, la aparición de un galeón español del siglo XV a doce kilómetros del mar, el ascenso a los cielos de Remedios la bella mientras estaba tendiendo una sábana, los diecisiete Aurelianos con la cruz de ceniza en sus frentes, la lluvia de flores cuando muere José Arcadio, y el personaje de Rebeca comiendo tierra, son ocurrencias perfectamente naturales en el universo narrativo que dibuja García Márquez. En contrapunto con estos acontecimientos, las leyes de la ciencia y del universo son vistas como sobrenaturales: Los límites entre lo real y lo mítico, lo maravilloso y lo cotidiano, se desdibujan. En el final nos quedamos con el acto de la lectura: un acto de soledad y muerte que nunca puede repetirse y que, paradójicamente, se repite cada vez que abrimos este libro.Melquíades introduce el imán, el catalejo, la dentadura postiza y todos en el pueblo creen que es magia. Y cuando José Arcadio afirma convencido: “La tierra es redonda como una naranja”, Úrsula Iguarán cree que se ha vuelto loco. Los límites entre lo real y lo mítico, lo maravilloso y lo cotidiano, se desdibujan. En el final nos quedamos con el acto de la lectura: un acto de soledad y muerte que nunca puede repetirse y que, paradójicamente, se repite cada vez que abrimos este libro.

El realismo mágico —entendido como un estilo que narra lo sobrenatural como natural y lo natural como sobrenatural— devino en etiqueta primero y en receta casi inmediatamente. Sus versiones epigonales se hicieron sentir en toda América Latina y también de seguro en otros continentes y la onda expansiva de Cien años de soledad afectó incluso la misma obra del escritor colombiano más famoso; no es arriesgado afirmar que una novela como El general en su laberinto ha tenido menos lectores. El propio García Márquez ayudó a propulsar esta imagen parcial, cuando reiteraba en entrevistas que “nuestra” realidad —la de América Latina—es desaforada y por eso los recursos del escritor son insuficientes para narrarla. En su discurso de aceptación del Nobel, decía: “Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de las Letras”. Más allá de que deberíamos cuestionar esta idea del arte como puro reflejo de lo real, este culto de lo insólito puede peligrosamente llevar a una esencialización de lo irracional como característica central de las dinámicas sociales y políticas de Latinoamérica. Es el famoso “tropicalismo literario”. Sin embargo, y sin ir más lejos, los resultados de las elecciones pasadas en Estados Unidos comprueban que lo insólito e irracional no es patrimonio exclusivo de ese continente. Pasaron casi treinta años entre la primera tapa de la novela de 1967 con el galeón irrumpiendo en la selva a la tapa de la antología de McOndo, de 1996, con una Eva renacentista dándole una mordida a la manzana de Steve Jobs. Aquellos integrantes —la nueva generación— de McOndo arremetían contra el “el sagrado código del realismo mágico” y sentencia: “Acá los dictadores mueren y los desaparecidos no retornan”. Fue una toma de posición estética y hasta política que merece ser debatida más a fondo.

“nuestra” realidad —la de América Latina—es desaforada y por eso los recursos del escritor son insuficientes para narrarla. Tal vez haya que alejarse de la etiqueta del realismo mágico y recalcar más la imaginación prodigiosa de Gabo no sólo en esta novela, sino en cuentos como “El ahogado más hermoso del mundo” o “La prodigiosa tarde de Baltasar”, por ejemplo. Como escritor, admiro el humor casi siempre satírico y cuestionador de discursos hegemónicos y oficialistas, como el religioso, por ejemplo. Y, sobre todo, admiro la naturalidad de su voz, la capacidad de encantarnos. Como decía mi amigo, Enrique Fierro, “abres un libro de él en cualquier parte y ya sabes que es un narrador”.  Así, leemos el cierre de El otoño del patriarca: “Y las campanas de gloria que anunciaron al mundo la buena nueva de que el tiempo incontable de la eternidad había por fin terminado”. O nos encontramos con esta frase hacia la mitad de El amor en los tiempos de cólera: “La vida mundana … no era más que un sistema de pactos atávicos, de ceremonias banales, de palabras previstas, con el cual se entretenían en sociedad para no asesinarse”. O volvemos al inicio de la novela que más le envidio, Crónica de una muerte anunciada: “El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5:30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo”. Y, por supuesto, nos acordamos de Cien años de soledad, en, por ejemplo, la escena después del ascenso de Remedios al cielo mientras tendía sábanas: “Fernanda, mordida por la envidia, terminó por el aceptar el prodigio, y durante mucho tiempo siguió rogando a Dios que le devolviera las sábanas”.

Volvamos a aquel momento en la oficina de correos. La historia oficial, dice Dasso Saldívar, es que Gabriel y Mercedes regresaron a la casa, tomaron un secador, un calentador y una batidora y los empeñaron. Con eso, lograron mandar el resto del manuscrito a Buenos Aires.

Salen de la oficina de correos. Y Mercedes, que no había leído la novela, le dice a su marido:

—Oye, Gabo, ahora lo único que falta es que esta novela sea mala.

Para suerte de Gabriel García Márquez y de todos sus agradecidos lectores, la novela no está nada mal.

 

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Pablo Brescia

Pablo Brescia
Escritor. Vive en Brandenton, Florida, USA. Es profesor en la Universidad del Sur de la Florida (Tampa) . Ha publicado los libros de cuento Gente ordinaria (2014), ESC (2013), Fuera de lugar (2012; 2013) y La apariencia de las cosas (1997). Bajo el seudónimo de Harry Bimer aparecieron los textos híbridos de No hay tiempo para la poesía (2011). También son de su autoría Borges. Cinco especulaciones (2015) y Modelos y prácticas en el cuento hispanoamericano: Arreola, Borges, Cortázar (2011). Editó los volúmenes Cortázar sampleado. 32 lecturas iberoamericanas (2014), La estética de lo mínimo. Ensayos sobre microrrelatos mexicanos (2013), El ojo en el caleidoscopio: las colecciones de textos integrados en la literatura latinoamericana (2006) y Borges múltiple: cuentos y ensayos de cuentistas (1999). 

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